Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 136 de 766

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Catedrales

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CÓRDOBA. CIRUGÍA E HISTORIA

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vó a cabo con gran inteligencia, reaprovechando lo existente (sólo hubo que hacer uno de los cierres laterales, pues el otro es un muro de los tiempos de Alhaquén II) y cubriendo el nuevo espacio con una ligera techumbre de madera, que por su perfil abovedado resulta muy singular en España (sólo había una parecida en el monasterio de Sigena, pero fue destruida en la Guerra Civil). El cuidado con el que se hizo esta primera nave catedralicia, que conjuga muy bien con lo musulmán al ceñirse a la anchura prestada por tres tramos de arquerías de la mezquita, no evitó que, según parece, Isabel I viese la obra con disgusto. La reina católica poseía una marcada sensibilidad hacia las creaciones musulmanas, que años más tarde la llevaría a ordenar la restauración y mantenimiento de la Alhambra de Granada después de la toma de aquella ciudad.

UN EMPEÑO DEL OBISPO

Poco después de que se concluyera la pequeña catedral gótica, el recién nombrado obispo de Córdoba, Alonso Manrique, decidió construir otra nave catedralicia más grande, situada «en medio de la iglesia» y no en un rincón, «donde agora estaba». El mismo cabildo se oponía a modificar la mezquita, por lo que fue el empecinado obispo Manrique quien lograría al fin llevar a cabo su propósito contra viento y marea, es decir, contra la voluntad del cabildo, del concejo y de todos los cordobeses. Alonso era hermano del poeta Jorge Manrique, hombre culto y viajado, enemistado con Fernando el Católico y, luego, favorecido por Carlos V.

Como indica Nieto Cumplido, poco podría comprender Manrique del valor de la mezquita y del orgullo con el que la conservaban los cordobeses tras haber pasado por Toledo y haber conocido muchas de las grandes catedrales de Europa. En 1521, dos años después de pisar por primera vez la ciudad andaluza, el obispo anun-ció a los canónigos su decisión de construir en Córdoba una catedral convencional, y a los dos años se empezó a desmontar el centro de la mezquita para dejar paso a la nueva construcción. El concejo cordobés se escandalizó al comprobar que los eclesiásticos habían comenzado a demoler un templo «único en el mundo». Ante la negativa de parar las obras, las autoridades civiles mandaron que se impusiera la pena de muerte a los operarios que participasen en ellas, a lo que Alonso Manrique respondió diciendo que excomulgaría a quien quisiera impedir su consecución.Ante tal refriega, la más virulenta que jamás haya provocado la conservación de monumento alguno, el cabildo acudió a la autoridad real, y Carlos V, que aún no había estado en