Catedrales
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CATEDRALES
altura de la puerta y el escaso fondo a que obligaba la existencia en un lado de la puerta de la Pellejería. Diego de Siloé respondía así a las expectativas que sin duda habrían creado su estancia italiana y su ascendencia (su padre, Gil de Siloé, fue el escultor más valorado en el Burgos de finales del XV) y comenzaba a templar las armas que habrían de convertirle con los años, como veremos en Granada, en el más completo arquitecto-escultor del Renacimiento español.
El conjunto solemne de la catedral estaría incompleto sin la presencia del retablo mayor, obra de Rodrigo y Martín de la Haya y en la que colaboró Juan de Anchieta. Este maestro fue uno de los principales representantes de un tipo de escultura que, por la influencia en ella de Miguel Ángel, ha sido llamada romanista. La escuela romanista se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVII, y se asentó sobre todo en el norte de Castilla y en la zona vasco-navarra. El retablo burgalés no es una obra demasiado acertada. Aquí no se ve la potencia que supo imprimir un eximio romanista, el baezano Gaspar Becerra, al retablo mayor de la catedral de Astorga, ni tampoco existe la perfecta adaptación a la arquitectura del templo que logró antes Damián Forment en el de la catedral de Santo Domingo de la Calzada. Con sus escenas difuminadas por el exceso decorativo y ajeno al edificio gótico que hay tras él, el retablo mayor burgalés luce como una gran exedra de oro, dispuesta casi como un telón abstracto para subrayar el lugar ocupado por el altar mayor.
EL DESPLOME DEL CRUCERO
La historia de un gran edificio gótico que se pretende ejemplar estaría incompleta si no existiese en ella algún percance, ocasionado por la confiada osadía de los arquitectos. En algunas catedrales como Palma de Mallorca o Beauvais fueron las naves las que se hundieron, aunque no es necesario acudir hasta estas moles disparadas hasta alturas de vértigo: la misma obra inaugural del gótico, la cabecera de la abadía de Saint-Denis, hubo de ser en parte reconstruida un siglo después de que el abad Suger la consagrara.
Según la historiografía tradicional, en Burgos se habría producido el más frecuente de los derrumbes: el hundimiento del cimborrio, esa torre hueca que se erigía a veces en el cruce de las naves mayores. La lista de cimborrios que se vinieron abajo, fuera y dentro de nuestras fronteras, podría llenar un libro entero; en España, baste recordar que se dio en Pamplona, Zaragoza, Sevilla (dos veces) y Santo Domingo de la Calzada, mientras que la catedral de Valencia tuvo que ser reforzada para