Catedrales
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SANTIAGO DE COMPOSTELA. FIN DEL VIAJE
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cación, como les había indicado Jesús antes de morir. El ejercicio proselitista les condujo al martirio: sólo uno de ellos, Juan, murió de viejo, en la isla de Patmos, lo que le sirvió para dar remate a las Sagradas Escrituras con la redacción del Apocalipsis.
Para la antigua Iglesia —que a través de la celebración de concilios y de espigar los textos fundacionales, eligiendo cuáles eran canónicos y cuáles no, y que tenía en el culto a las reliquias (una costumbre común a todas las religiones) una de sus grandes bazas para extenderse y asentarse— debía de ser un hecho muy inquietante el desconocimiento absoluto acerca de dónde se encontraban enterrados los doce apóstoles. Sólo Pedro, ejecutado en Roma al mismo tiempo que san Pablo, fijaba con su sepultura el principal bastión cristiano en la que había sido capital del imperio. Por eso, desde los primeros tiempos medievales, entre los siglos V y VI, se empezó a establecer la correspondencia entre los lugares en los que supuestamente predicaron los apóstoles y donde, al fin, recibieron sepultura.
La confluencia de dos noticias difusas —una hipotética estancia de Santiago el Mayor en Hispania y la existencia de un viejo cementerio romano en un emplazamiento abandonado de Galicia— fue un hallazgo genial de la España cristiana, que bregaba, a comienzos del siglo IX, por consolidarse en un estrecho territorio acosado por el islam. La situación del sepulcro, descubierto por un ermitaño llamado Pelayo, que habría seguido la señal de unas milagrosas luces, resultaba idónea: Iria Flavia era desde finales del siglo VI cabeza de un obispado importantísimo para la incipiente monarquía asturiana, cuya actividad no se vio interrumpida por la invasión musulmana y que podría ocuparse de potenciar el lugar en el plano eclesiástico; el establecimiento de un santuario apostólico (como acabamos de ver, el único del mundo cristiano junto a San Pedro de Roma) en los confines hispánicos supondría la consolidación del norte peninsular como territorio cristiano y la superación de siglos de herejías —entre ellas, la de los seguidores de Prisciliano, primer obispo de Ávila, quien inició la lista de los ejecutados por la Iglesia y que muchos creen que es el verdadero sepultado bajo la catedral compostelana—; un territorio que desde el siglo VIII había logrado conformar, gracias en parte a la intervención de Carlomagno, un friso continuo desde Galicia hasta Cataluña.
LAS MUÑECAS RUSAS
Antes de la catedral románica que ha llegado a nuestros días hubo en Santiago dos templos, erigidos por sendos reyes de la monarquía asturiana, Alfonso II el Casto y