Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 262 de 766

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CATEDRALES

na, el vacío dejado en el tramo central de la cruz sirvió de excusa para levantar en ese punto una pesada cúpula. Nótese que para entonces la decisión arquitectónica no estaba motivada por necesidad o ateniéndose a cuestiones razonadas, sino por el deseo, aquí claramente inconveniente, de añadir al templo un elemento formal que, a juicio del arquitecto y de los promotores, le diese mayor realce.

Encaramada como un parásito sobre el crucero gótico, la cúpula del arquitecto Juan de Naveda fue minando, a partir del momento de su erección, la ya frágil estructura de la catedral. En el siglo XVIII, Joaquín de Churriguera intentó remediar la deformación que presentaban los pilares del crucero añadiendo sobre ellos cuatro altísimos pináculos, destinados a enderezar las cargas oblicuas de la cúpula. Los nuevos pináculos no estaban aplomados sobre los pilares, lo que para unos significa temeri-dad y falta de cálculo, y para otros una brillante intuición, pues poner cargas excéntricas sirve a veces para enderezar la trayectoria de otras, como ocurriría en el caso de la cúpula y los pináculos churriguerescos de León. De todas formas, los pilares góticos estaban precariamente construidos y no fueron concebidos, como se demostró después, para soportar el sobrepeso de los elementos añadidos en los siglos XVII y XVIII. En esa época también hubo de rehacerse en parte la fachada sur, a la que se dio un aire barroco.

Aparte de la desdichada aportación de Naveda, más o menos corregida por Churriguera, la lejanía en época barroca del cabildo leonés con respecto a los verdaderos problemas de la catedral se constata en el encargo a Narciso Tomé (autor del célebre Transparente de la catedral de Toledo) de la traza de un nuevo y fastuoso retablo mayor de madera dorada.Tomé debió de advertir el precario estado del templo y aconsejó el desmonte de la cúpula, pero, rechazada la sugerencia, cumplió con su particular encargo dejando al cabildo el dibujo del exorno solicitado. A continuación, su sobrino Simón Gavilán Tomé, encargado de la realización, se dedicó a desmantelar el antiguo retablo de Nicolás Francés —muchas de cuyas tablas fueron enviadas a pueblos que no podían costearse un retablo propio— para montar el de Narciso, un despliegue dorado de arquitectura fingida brillando al fondo de un templo cuya arquitectura, no precisamente fingida, corría serio peligro de desplomarse. Una vez instalado el nuevo retablo, en los años cuarenta del siglo XVIII, Simón Gavilán debió de franquear por última vez las puertas de la catedral de León pensando aquello de «tente mientras cobro».

Por esos años, y dentro de la misma operación de reforma del núcleo solemne del templo que englobaba la confección de un nuevo retablo mayor, se cumplió el traslado del coro desde su situación original «a la francesa» (en el profundo presbiterio) hasta la actual, en la nave mayor. De ese modo los fieles podían participar de los