Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 202 de 766

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GRANADA. LA CIUDAD TRANSMUTADA 231

tencia de viejos mártires granadinos. Pese a todo, los siglos XVII y XVIII dieron en lo arquitectónico algunos frutos notables e incluso ciertas obras maestras de la historia de la extravagancia, como el delirante camarín de espejos de Santo Domingo o las dependencias barrocas de la Cartuja. Si en lo social Granada estuvo en ese tiempo sumida en la decadencia, olvidadas sus infraestructuras islámicas para el saneamiento y el abastecimiento de agua —las cuales habían admirado, a principios del siglo XVI, al embajador veneciano Andrea Navaggero— hasta llegar a ser una ciudad insalubre, en lo arquitectónico debería haber quedado congelada a principios del siglo XIX; porque, a partir de ese momento, las fuerzas de los granadinos se enfocaron hacia una especie de autofagia urbana, una desatada e inaudita afición, que apesadumbró al escritor y poeta Ángel Ganivet, por destruir algunos de los mejores testimonios de su pasado.

Leopoldo Torres Balbás, que a principios del siglo XX fue restaurador de la Alhambra y que evitó con su intervención personal la desaparición de varios edificios musulmanes, escribió en 1923 un artículo de título, nunca mejor dicho, demoledor:

«Granada: la ciudad que desaparece». En él, el sensible arquitecto afirmaba que sólo con lo destruido desde mediados del siglo anterior hasta entonces podría crearse una ciudad monumental de primer orden. En realidad, la señal de salida para los futuros desmanes la dio el absurdo derribo del Maristán, un excepcional hospital nazarí que se encontraba en el Albaicín, a orillas del Darro.Tras ese inmueble único —que ahora, con excelente criterio y sólidas bases científicas, han propuesto reconstruir en el mismo lugar Antonio Almagro y Antonio Orihuela— fueron cayendo infinidad de iglesias y palacios, así como ambientes urbanos de belleza sublime (como los que creaba el Darro en su discurrir por el centro de la ciudad), la sustitución de la singular arquitectura de la plaza de Bibarrambla por otra anodina y sin interés o el derribo de la puerta de muralla del mismo nombre años después de ser declarada monumento nacional. A ello hay que añadir desastres supuestamente fortuitos, como los incendios que asolaron la antigua alcaicería y el denominado Mirador, una obra civil de Siloé, realizada en el mármol gris de la cercana sierra Elvira, que recordaba el antiguo balcón de las bendiciones de San Pedro de Roma. En este panorama, la puntilla la dio la creación de la ya referida Gran Vía, un intento de los industriales remola-cheros de dotarse de un ámbito adecuado para situar comercios y exhibir sus galas.

A la catedral, la Gran Vía la despojó de su ambiente urbano inmediato, aquel que llamó la atención de Velázquez a su paso por la ciudad, camino de Málaga y de Italia, una impresión que reflejó en uno de los escasos dibujos que del artista sevillano se conservan.También supuso, como hemos visto, la desaparición de multitud de edifi-