Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 128 de 766

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Catedrales

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CÓRDOBA. CIRUGÍA E HISTORIA

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Ya en la Antigüedad existían santuarios y templos urbanos en los que la arquitectura se erigía en símbolo de la población en la que se enclavaban, pero la afición de las ciudades medievales por erigir catedrales que sirvieran para exaltar la imagen de la comunidad encuentra su fundamento no en la arquitectura griega o romana, sino en el bíblico templo de Jerusalén. Este templo fue destruido por los romanos, por lo que es imposible que en el medievo hubiese noticias concretas sobre él; de hecho, los viajeros medievales que llegaban a Jerusalén identificaban el templo salomónico con la mezquita de la Roca, erigida en su lugar. Lo que pervivía del templo de Jerusalén para los hombres de la Antigüedad tardía y de la Edad Media era una idea vaga pero poderosa: la del edificio de culto construido con ciencia prodigiosa, guardador de reliquias incomparables y asociado a un promotor real. Así, cada rey que auspiciaba la construcción de una catedral se convertía en un nuevo Salomón y, en cierto modo, entraba a competir simbólicamente con él. Cuando Justiniano vio terminada en la ciudad del Bósforo la iglesia de Santa Sofía, parece ser que dijo: «Salomón, te he vencido». Esta sugestión es válida también para los gobernantes del islam, que disponían en la explanada del templo de Jerusalén de varios lugares sagrados de su religión.

La mezquita de Córdoba no alcanzó la categoría de edificio magno en un primer momento, sino al final de una larga serie de ampliaciones que terminaron por quintuplicar su dimensión inicial. Es un proceso muy conocido, que dejaremos de lado ya que nuestra intención no consiste tanto en hablar de la mezquita (aunque haya resultado imprescindible dedicarle, a modo de introducción, varios apartados) como de la operación que, a partir de la conquista de Fernando III de Castilla, la convirtió en catedral.

EL INFLUJO DE LA MEZQUITA

Siendo la principal ciudad de la Península y aun de Occidente, Córdoba recibió durante su etapa islámica multitud de visitantes llegados de territorios cristianos. Algunos fueron tan señalados como el rey Sancho el Fuerte, apelativo que describía eufe-místicamente la obesidad que sufría el monarca navarro, tratada y curada por los médicos judíos de Abderrahmán III. Este califa recibía embajadas en su ciudad palatina de Medina Azahara, y quienes, provenientes de distintos lugares, habían partici-pado en tales ceremonias volvían narrando las maravillas de la corte cordobesa. Así fue extendiéndose la leyenda, desde luego bien fundamentada, de las excelencias de Córdoba y, muy especialmente, de su incomparable mezquita aljama.