Catedrales
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SEVILLA. DE CASTILLA A ULTRAMAR
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Con todo, la obra que ha he-
cho inmortal al maestro cordobés
es el remate del alminar almohade
que sirve de torre a la catedral, to-
rre que sería conocida a partir de
entonces como «la Giralda» por la
figura giratoria de la Fe que la co-
rona. La efigie, probablemente la de
mayor tamaño que creó el Renaci-
miento español, sirve de veleta o
«giraldillo», una denominación esta
última aplicada, con cierta frecuen-
cia, a las estatuas-veleta: en Molina
de Aragón, por ejemplo, hay un Gi-
raldo. Aquí no se encontraría Her-
nán Ruiz con las dificultades es-
tructurales que acarreaban las salas
antes descritas, con su complejas
formas abovedadas, sino con otras
muy diferentes: por una parte, esta-
ba obligado a organizar una cons-
trucción que arrancaba a setenta
Sala capitular.
metros de altura, para lo que conta-
ba con la ayuda de la rampa de ac-
ceso por la que ahora ascendemos
los visitantes y que entonces también daba paso a las caballerías; por otra, lograr que el nuevo campanario armonizase con la potentísima y consolidada imagen del alminar. No hay discusión acerca de si lo consiguió: Chueca afirma que el añadido de Hernán Ruiz al alminar parece estar allí desde siempre, formando con el fuste de la torre musulmana, cuatro siglos más antigua, un conjunto ya indisociable. El éxito de la torre fue mayúsculo, de forma que en toda el área de influencia (la Andalucía occidental y el sur de Extremadura) brotaron decenas de pequeñas giraldas, nacidas de nueva planta a imitación de la de Sevilla. En Carmona, Écija o Jerez de los Caballeros pueden verse los ensayos, más o menos fieles al modelo, derivados de la conmo-ción que supuso la hermosura inigualable de la torre sevillana, tan almohade como manierista, tan musulmana como cristiana.