Catedrales
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CATEDRALES
Traspasado el acceso desde el centro de la girola, protegido por una reja de Cristóbal de Andino, la luz entra por los amplios ventanales y por la bóveda, que se abre en el centro como si fuese una osada versión gótica del Panteón de Roma, y luego tintinea por los inverosímiles relieves calados de los arcos. Los gigantescos escudos familiares penden de los muros y son llevados por parejas de salvajes que parecen querer declarar, con su aspecto primitivo, la antigüedad y legitimidad de la estirpe.Al tiempo, tanto la heráldica como los yacentes de mármol de los esposos declaran la idea, entonces reciente, de la fama y la virtud como garantes de la permanencia del paso de los hombres por la tierra. Los Velasco entroncan aquí con los Mendoza: Mencía es hija del marqués de Santillana, el introductor en España de la itálica forma poética del soneto, y hermana del Gran Cardenal; por los mismos años en que sus familiares introducen la arquitectura renacentista en Castilla, ella promueve en Burgos una obra que representa lo mejor del gótico, y que a su vez facilitará la imposición del Renacimiento a través de su posterior exorno. La capilla del Condestable se ins-pirará en otra hecha antes en Toledo, y beberá de las fuentes ofrecidas por el gótico castellano, pero acumula tal cantidad de hallazgos y acopia tantas piezas excelentes que aparece ante nuestros ojos como si surgiese de un ideal, un sueño que sólo la ocasión excepcional y afortunada hubiese logrado hacer realidad. Contribuye al asombro que se haya conservado en su práctica integridad, con la arquitectura acompañada por los retablos, la sillería coral, el pavimento blanquinegro original, las vidrieras de Arnao de Flandes o el sepul-
cro de Mencía y Pedro, asentado sobre
jaspe y tallado en mármol por Felipe Bi-
garny. En este último, el perro que
acompaña a Mencía no es ya el can he-
ráldico medieval, signo de fidelidad, sino
acaso el retrato del perrillo faldero que
acompañaría a la señora en su vida dia-
ria, repartida entre el palacio del Cordón
y la finca campestre de la Vega, y que lle-
va siglos acurrucado entre los pliegues
del hábito marmóreo de su dueña.
La capilla, que exteriormente riva-
liza con la propia catedral, fue termina-
da por el hijo de Simón de Colonia,
Perrito de doña Mencía.
Francisco, quien se limitó a seguir las