Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 186 de 766

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Catedrales

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GRANADA. LA CIUDAD TRANSMUTADA 213

El caso es que la realidad vino a desbaratar los planes, sinceros o no, de la reina, ya que la sobriedad primera de la capilla real, concebida como una réplica a escala menor de un templo conventual, fue desapareciendo bajo un alud de obras suntuarias de primer orden. El nuevo emperador Carlos se ocupó de que sus abuelos tuviesen un buen sepulcro, encargado al mismo escultor florentino, Doménico Fancelli, que ya había demostrado su habilidad haciendo, para el convento abulense de Santo Tomás, el del infante don Juan; pero también quiso Carlos V que descansasen en la capilla granadina sus padres, Juana la Loca y Felipe el Hermoso, para lo que contrató al amigo y compañero de Diego de Siloé, Bartolomé Ordóñez, cuando se encontraba trabajando en el trascoro de la catedral de Barcelona. Bartolomé regresó a su taller de Carrara y pudo dejar casi concluido el importante encargo antes de su temprana muerte. El sepulcro de Juana y Felipe, enviado desde Italia, no se montó sin embargo en la capilla hasta principios del siglo XVII.

La presencia de los dos grandes cenotafios sería suficiente para engalanar no ya una capilla mediana, como es esta, sino una catedral. A los mármoles tallados llegados de Italia se añadió una lujosa novedad en la arquitectura española de la época, el pavimento de mármol local. En la capilla real se unieron así las dos razones por las cuales, a partir del Renacimiento, se empezó a usar con frecuencia el mármol en nuestro país: los nuevos gustos hacían que se importasen obras itálicas y, por otro lado, gracias a la conquista del reino granadino se incorporaban al territorio cristiano las únicas canteras de mármol hispánicas de cierta calidad, las de mármol gris de sierra Elvira y las de mármol blanco de Almería. El asunto no es baladí, y explica que durante nuestra Edad Media la Alhambra tuviese abundantes suelos y columnas de mármol (ya que las canteras estaban dentro de las fronteras del reino nazarí), mientras la inserción de un solo bloque de ese material en el dintel de una iglesia cristiana, como el de la parroquia barcelonesa de Santa María del Mar, supusiese un gasto y esfuerzo exorbitantes.

La capilla real granadina es conocida hoy sobre todo por constituir un exquisito museo de pintura, con un número reducido de obras, casi todas de pequeño tamaño, que formaron parte de la colección personal de Isabel I. A la corriente flamenca, predominante en la España del momento (con piezas de Van der Weyden, Bouts, Memling, Gerard David…), se unen pinturas de representantes de primera línea del Quattrocento italiano, como Botticelli y Perugino, y de maestros españoles que, como Pedro Berruguete, bebieron de ambas fuentes.

El otro gran elemento que enriqueció la en principio discreta capilla fue, aparte de las magníficas rejas que demarcan las zonas de respeto, el retablo mayor, donde un