Catedrales
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SANTIAGO DE COMPOSTELA. FIN DEL VIAJE
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EL HOMBRE EN CAMINO
La verdadera presencia de los restos del apóstol Santiago en Galicia arroja incontables dudas, pero lo cierto es que a pocos debe importarles ya, como escribió en su día Claudio Sánchez Albornoz, la veracidad del mito. El culto a las reliquias se ha desplazado en la actualidad hacia otros «caminos de estrellas», las alfombras rojas por las que desfilan los astros del cine y la canción: los precios que se pagan en las subastas por el vestido que usó una actriz o por un mechón de la barba de un cantante indican que la adoración irracional de reliquias es un fenómeno que no desaparece, sino que, como la energía, sólo se transforma.
Pasados tantos siglos, el santuario gallego ha cobrado valores sobrados, capaces de interesar tanto al que se sienta impulsado por motivaciones religiosas como al que no dé a estas mayor importancia. En los últimos años, Compostela y la ruta que lleva hacia ella han sido refrendadas con pomposos nombramientos, que tanto gustan a las autoridades culturales y que vienen a engrosar el catálogo de «invenciones» jacobeas:
«Patrimonio de la Humanidad» y «Primer Itinerario Cultural Europeo» son denominaciones altisonantes que actualizan la labor promocional de los reyes y prelados medievales, aunque no retratan la destrucción, en fechas muy recientes, de buena parte del camino de peregrinación, invadido por una carretera rápida que a trechos ha sido bautizada con un oxímoron: Autovía Camino de Santiago.
No obstante, vayamos a pie o en coche, al final nos espera una ciudad prodigiosa, Santiago de Compostela, que nunca defrauda, última estación de un viaje que habrá que completar, si se puede, llegando hasta el cabo de Finisterre.Y si escogemos el lento caminar de los peregrinos de siempre, seguro que encontraremos más cosas, como ya expresamos en otra ocasión: «Para el hombre actual, la peregrinación puede cobrar especial significado devolviéndole a su verdadera escala y dejándolo libre de aditamentos, protectores o no, que se interpongan entre el pulso del mundo y el suyo.
El peregrino pasa por lugares que le devuelven otras tantas imágenes del poder del hombre, creador del arte o destructor del medio natural; mas el que viaja andando recupera también el sentido de la distancia, del clima cambiante contra el que quizá no obtenga refugio, de los paisajes vistos no a través de una ventanilla veloz, sino desde la altura despaciosa de quien no tiene más locomoción que sus pies. Los medios de transporte son cada día más rápidos, la virtualidad gana adeptos y el arte y los paisajes son reproducidos en libros, documentales y revistas, dejando cada vez menos lugar a la sorpresa absoluta; pero la sucesión de los días y las noches, como el caminar del hombre, pertenece al tiempo antiguo, el que siempre será. Mirando el atardecer