Catedrales
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CATEDRALES
herencia a la Castilla que los había adoptado sus obras y sus propios hijos, continuadores de su talento. Si el flamenco Gil tuvo en Burgos al genial Diego de Siloé —al que volveremos a encontrar en otras obras de la catedral y del que hablaremos larga-mente en el capítulo dedicado a Granada—, Juan tuvo junto a la burgalesa María Fernández a Simón de Colonia, que recogió su testigo en el empeño por hacer arder el árbol francés plantado por el obispo Mauricio entre germánicas llamaradas de piedra.
PASO A LAS CAPILLAS
Las catedrales francesas del siglo XIII no solían comprender en su proyecto más capillas que las que rodeaban a la girola. Para las afrancesadas catedrales de Burgos y León, las naves eran sólo el espacio donde desarrollar el culto y establecer las circulaciones que hiciesen necesarias la propia liturgia o el paso de los fieles de una puerta a otra.
Pero, como ya se supo prever en la catedral de Barcelona, en cuyo proyecto se incluía un gran número de capillas que rodean por completo al templo y al claustro, las capillas se convirtieron enseguida en una fuente de ingresos y actividad y, por ello, en uno de los componentes fundamentales de todo templo catedralicio.
Allí donde no se habían planificado capillas, hubo que modificar los edificios para darles cabida. Burgos es un ejemplo claro de esa adaptación, a través de la cual fueron brotando, como burbujas impelidas por la presión ejercida desde las naves del templo, espacios nuevos que necesitaban derribar los muros fundacionales para instalarse en los flancos de la catedral. Estas estructuras, que no dejaron de añadirse desde el siglo XV hasta el XVIII, respetaban el esqueleto de lo construido en el siglo XIII, pero imponían una piel nueva, acorde con los volúmenes agregados al viejo cuerpo gótico. Para incorporarlas, se demolieron tramos de muro y se reformaron o amplia-ron las antiguas capillas de la girola y del crucero, las únicas que estaban contempladas en el plan original. Esta adición paulatina de nuevos espacios a las naves de los templos se repite con frecuencia, como veremos en Murcia, pero resulta más llamativa cuando el núcleo al que se adosan tiene la entidad y la calidad arquitectónica de catedrales como Burgos o Santiago de Compostela.
Las capillas burgalesas no cumplieron la función de sede gremial de las de Barcelona, sino que tenían un destino eminentemente funerario. Sus promotores fueron miembros de la nobleza o del alto clero, deseosos de recibir sepultura en suelo tan eminente como el de la catedral, y dispuestos a perpetuar su memoria mediante costosos retablos y cenotafios. La época de los monumentos y capillas funerarios —que