Catedrales
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CATEDRALES
cera de la iglesia vaticana, los templos más grandes de la cristiandad (las catedrales de Londres, Sevilla, Milán,Toledo…); y ello para demostrar, por supuesto, que la del Vaticano es la más larga.
La de León no es muy grande ni muy alta, pero su construcción supuso una de las cumbres de lo que se ha dado en llamar la «desmaterialización» del gótico: la reducción de los muros a su mínima expresión para dar lugar a vanos amplísimos, que aquí contiene, además, una de las más sobresalientes colecciones de vidrieras medievales que existen. La catedral leonesa recibió por su belleza el sobrenombre de Pulchra Leonina, pero, debido a la delicadeza de su fábrica y a su accidentada historia posterior, bien hubiera merecido la apostilla de fragilis: la bella y frágil leonesa.
MAESTROS ITINERANTES
Lo que quizá no sepan muchos de los que desde la respectiva tierra chica defienden la preeminencia de «su» catedral es que las dos, Burgos y León, comparten ciertas peculiaridades, más allá de su importancia dentro de la historia del gótico hispano de raigambre francesa: por ejemplo, ambas se erigieron en el lugar de sendos palacios reales, cedidos por los monarcas para emplazar sobre ellos, en época románica, los respectivos templos diocesanos. También estuvieron las catedrales góticas de Burgos y León, durante un período clave de su construcción, a cargo del mismo arquitecto, un francés llamado Enrique, de cuya vida conocemos unos pocos hechos: tenía casa en Burgos, murió en julio de 1277, el mismo día que su hija, y su mujer vivió tres décadas más; poca cosa para intentar hacer la semblanza de un hombre. Pero nada impide que divaguemos un poco acerca del maestro Enrique ateniéndonos a un par de datos fehacientes con los que contamos, la forma de las dos catedrales en las que puso su mano y la comparación con otro arquitecto también francés y casi contemporáneo a él, llamado Villard de Honnecourt.
Villard debió de nacer en Honnecourt-sur-Escaut, un pueblo a unos doscientos kilómetros al norte de París y a cien de Amiens, en el cual existía un monasterio donde pudo recibir sus primeras enseñanzas. Como tantos personajes medievales,Villard viajó con frecuencia, y en ese trajín sabemos también que fue «enviado» (no consta por quién) nada menos que a Hungría. En su constante viajar,Villard iba recogiendo informaciones variopintas, que incluyen multitud de aspectos que atañen a la arquitectura, la escultura o la mecánica.A veces dibuja algún monumento antiguo, como un mausoleo romano que denomina «tumba de un sarraceno» —curiosamen-