Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 141 de 766

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CATEDRALES

do; de ahí que no se pudiese evitar que el cimborrio, que siempre suele surgir de un cuadrado, tuviese aquí una base rectangular. La planta de la mezquita no sólo dictó las medidas de los espacios cristianos, sino también las de los elementos necesarios para su sostén, como los contrafuertes que flanquean la nave renacentista.

Debió de haber un momento terrible en las obras, cuando el oscuro ámbito musulmán fue invadido por la impropia luz que inundaba (para colmo, era verano) el cráter abierto en su centro. Si no fuese un anacronismo, aquello debía parecerse a los efectos de un bombardeo, apenas paliado cuando Carlos V visitó las obras y pronun-ció su famosa aseveración. Pero la edificación de la catedral iba a corregir pronto el tristísimo espectáculo, ya que estaba muy claro que la construcción islámica no influiría solamente en la planta del nuevo templo, sino también en sus alzados.Aunque luego se elevase hasta una altura mucho mayor, la parte baja de la catedral compone una inaudita urdimbre entre dos templos de época, religión y concepción diferentes; lo que podría parecer contrario quedó unido, en un efecto que sólo puede descri-birse como la emulsión que liga el agua con el aceite. Para ello volvieron a incorpo-rarse al edificio, enhebrados a la obra nueva, arcos y columnas que antes habían sido desmontados. Salvo que nos hayamos formado con los manuales tradicionales, que conciben el arte como una sucesión de estilos prácticamente estancos, podremos reconocer la lección de flexibilidad e ingenio que ofrecen los relieves de la Pasión en el trasaltar, embutidos en los arcos bicolores de la mezquita; o los muros del crucero, que prolongan con fluidez, haciendo uso de la superposición de arcos que ya carac-Superposición de arcos en la capilla de Villaviciosa (siglo X) y en el crucero de la catedral (siglo XVI).