Catedrales
pdf 1374664
ÁVILA. TEMPLO Y FORTALEZA
59
la supervisión academicista que imperó en toda España desde la segunda mitad del siglo XVIII. En esta última, el cambio de materiales, con el primer cuerpo de sillares graníticos y el segundo de humilde ladrillo, delata los tiempos de penuria que se avecinaban.
Desde entonces hasta hoy, las intervenciones en el templo —ya se trate de la in-fortunada renovación dieciochesca de la fachada principal, de las toscas restauraciones que Anselmo Arenillas dirigió en la posguerra, del desmantelamiento de la reja del altar mayor por la retransmisión de una misa televisada, de las nuevas y horripilantes lámparas instaladas hace poco o de la desdichadísima reforma del presbiterio— se cuentan casi siempre por desaguisados. A ello hay que añadir que algunos elementos realizados a cuenta de una exposición temporal, dentro del ciclo de Las Edades del Hombre, tienen el peligroso aspecto de querer perpetuarse; ojalá nos equivoquemos y veamos pronto liberado el claustro abulense de los muebles-vitrina y del torpe cerramiento con cristales y espejos, sujetos por carpinterías metálicas adosadas a sus arcos, que hoy lo invaden y afean.
LA CASA DEL CAMPANERO
Las obras actuales de restauración de la catedral están sirviendo para corregir las de-sacertadas cubiertas ideadas por Arenillas; gracias a ello se va a poder racionalizar la evacuación de las aguas, que siempre ha sido uno de los mayores problemas de los edificios complejos. La remoción de las cubiertas permitirá también en el futuro abrir al público las zonas altas de la catedral, el interior encastillado de la cabecera y los fascinantes espacios situados bajo las cubiertas de las naves mayores, comunicados por medio de un laberinto de pasadizos y escaleras de caracol. Los ventanucos de ladrillo abiertos, a modo de aspilleras, a esa especie de gigantesco desván, recuerdan que en las guerras carlistas la catedral volvió a tener el papel defensivo con el que había sido concebida durante la Edad Media.
Pero lo más interesante de este viaje por las alturas catedralicias es el encuentro con la casa del campanero, instalada sobre la fachada principal del templo, con sus ventanas abiertas aprovechando los huecos de las almenas. Por encima de la portada, de los santos del remate barroco y del ventanal que ilumina desde los pies la nave mayor, dormían, vivían y trabajaban los campaneros. Su casa, una de las pocas conservadas íntegramente tras la destructiva y generalizada automatización de nuestros campanarios, es un ejemplo intacto de vivienda tradicional, con su cocina, su sala con