Catedrales
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PLASENCIA. CAMBIO DE ESCENA
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bana que lo engloba. Así refulgiría dentro del conjunto urbano cuando, en las oscuras noches del pasado, determinadas fiestas hiciesen que la inmensa cabecera catedralicia se destacase en las tinieblas con su corona de luces.
Los farolillos exteriores encontraban su equivalente en los que había sobre los corredores del interior, que aunque fueron renovados en época moderna responden con toda probabilidad a la intención original para la iluminación del templo. Este es un buen lugar para recordar el corredor de los cirios de la catedral de Palma, que sirvió para dar luz al presbiterio de la catedral desde el siglo XIV hasta que Gaudí lo destruyó, a comienzos del XX.
LA RESTAURACIÓN
El mundo de la luz entronca con lo que queremos destacar a continuación. El aspecto cobrado (o, más bien, recobrado) por la catedral nueva de Plasencia a raíz de la reciente restauración es sorprendente. En este caso está bien empleada la palabra
«restauración», pues se han querido recuperar los elementos originales que estaban perdidos, y se ha hecho además con equipos y métodos equivalentes a los que se emplean para restaurar pinturas y retablos: no se ha operado apenas en la estructura del edificio, sino en su piel interior, en todo el juego de policromías, dorados, enlucidos y llagueados que se aplicaron a la catedral en su día, una vez finalizadas las etapas constructivas, y que definían su imagen interna.
Sin duda, lo que más dará que hablar es la reintegración de los panes de oro que perfilaban los pilares y los nervios de las bóvedas, completados conforme a lo que indicaban los restos originales, cuidadosamente consolidados. Con la contribución del oro, la ya referida continuidad compositiva del edificio, como una red que flota en las bóvedas y se derrama por las columnas, se acusa aún más. Además, las zonas doradas se conjugan con la policromía que cubría las numerosas estatuas y relieves, donde hay un claro predominio del azul.Azul y oro, los colores que relacionamos con el lujo renacentista, el de los castillos franceses y los palacios italianos, lucen ahora en el interior del templo placentino.
El arquitecto que ha estado supervisando los trabajos a pie de obra, Juan Manuel Bustillo, destacaba que el oro estuviese aplicado preferentemente en las zonas de sombra, las molduras y baquetones situados en lo más profundo de los rincones. La posible explicación a esto nos la da un escritor japonés, Junichiro Tanizaki, en El elogio de la sombra. Allí se describe con sensible concisión el efecto del oro en las casas y