Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 295 de 766

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OVIEDO. TRAS LOS MONTES

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convertirse en un hito para la cristiandad peninsular. El tímido establecimiento de un reducido número de musulmanes en Asturias, concretamente en Gijón, apenas despertó en ellos algo más que indiferencia; y cuando cierto número de cristianos se refugió allí, debido a la poca intensidad que en esos pagos tenía la dominación musulmana, la Asturias transmontana —la meridional, llamada «augustana», ya conocía la existencia de obispos en Astorga y León en fechas tan tempranas como el siglo IV—

seguía habitada por gentes que habían mantenido, a espaldas de las sucesivas invasiones, sus viejísimas costumbres y religiones.

La rebelión llegó de manos de la antigua nobleza de tradición visigoda, con la peculiar figura de Pelayo como hilo conductor. Pelayo sufrió, como otros nobles que acompañaban al último rey visigodo, Rodrigo, la derrota de Guadalete. Buscó asilo en Asturias, de donde quizá fuese originario y a la que volvió tras fugarse de una prisión de Córdoba. La revuelta que la nobleza visigoda, desposeída de sus privilegios, empezó a fraguar en el Norte llegó a preocupar a los musulmanes, quienes en-viaron a un ejército para neutralizarla. El encuentro de los ejércitos del beréber Alqama y del cristiano Pelayo en la montaña asturiana dio lugar a la batalla de Covadonga, elevada a la categoría de mito por ser la piedra fundacional del proceso que solemos denominar «Reconquista». Pero, para que nadie piense que los límites entre islam y cristianismo estaban tan claros (al menos, no tanto como ciertas simpli-ficaciones muy difundidas nos quieren hacer creer), es bueno saber que el mediador que acompañaba a Alqama para solicitar la rendición de Pelayo y su sometimiento al emir de Córdoba era Oppas, arzobispo de Sevilla.Y, aunque de nada sirvió su mediación ante el levantisco Pelayo, su papel en el lance deja muy claro que no se trataba de un Oppas hostil.

ASENTAMIENTO

Tras una etapa de intentos de expansión, de enfrentamientos con los emires de Córdoba, de conspiraciones y asesinatos —fiel reflejo de las traiciones y enfrentamientos sucesorios que abundaron durante el dominio visigodo— y de pasar por varias sedes capitalinas (Cangas de Onís y Pravia), el rey Alfonso II eligió el lugar de Oviedo como capital del reino, en un emplazamiento favorable por su situación en un cruce de calzadas romanas y por haberse establecido allí años antes un monasterio dedicado a san Vicente.Tradicionalmente se ha mantenido que este monarca, apodado «el Casto», fue el fundador de la primera catedral de Oviedo, aunque, como argumenta