Catedrales
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BURGOS. UNA HISTORIA DEL GÓTICO
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na, un carácter que debía te-
ner un reflejo lógico en el
principal de sus edificios.
Mientras los reyes de carne
y hueso preferían residir en
los palacios situados en las
amenas afueras de la ciudad
(en Las Huelgas o, poste-
riormente, en el cazadero de
Miraflores), los monarcas de
piedra testimoniaban, desde
lo alto de las fachadas de la
catedral, el papel de la ciu-
dad y de la propia realeza
como protectora y sostene-
dora del culto diocesano.
LA OBRA
Reyes de la Coronería.
Aunque las de Ávila y Cuenca fueron las primeras catedrales hispánicas en incorporar las novedades constructivas y espaciales del gótico, la de Burgos tiene la primicia en nuestro suelo como edificio concebido (aunque luego, como todos, sufriese reformas) conforme a un plan unitario y ambicioso, emulando a escala ligeramente reducida las grandes empresas catedralicias del país vecino. Mauricio debió de conocer en sus viajes algún maestro de obras galo, cuya presencia en Burgos reclamaría el obispo al aprobarse el plan de construcción de la nueva catedral. El primer arquitecto del que tenemos noticia segura es el francés Enrique, autor de la terminación del templo en su forma original y de la reforma de la cabecera; no hablaremos ahora más de él, pues tendrá su hueco en el capítulo dedicado a la catedral de León, de la que también fue maestro.
De ese buque originario, promovido por Mauricio y por el favor de los reyes castellanos (Fernando III,Alfonso X, Sancho IV y Alfonso XI) queda hoy lo esencial, aunque se encuentre cubierto por mil aditamentos y reformas posteriores, prendidos del cuerpo gótico con la fuerza invasora de los gruesos árboles que brotan en los intersticios de los templos birmanos. Abriéndonos paso hasta él como quien desbroza