Catedrales
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GERONA. EL SUEÑO DEL ARQUITECTO
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plo. En Gerona pasaba lo mismo que en otras catedrales de nave única, como las de Albi o Coria: en vez de apoyarse en los pilares que separan las distintas naves, el coro conforma una especie de edificio dentro del edificio, dejando a ambos lados unos espacios de tránsito que tienen el mismo papel funcional que unas naves laterales.
Esto que acabamos de decir es todavía constatable en las catedrales mencionadas de Coria y de Albi (esta última, una de las pocas francesas que escapó a las destrucciones revolucionarias), pero no en la de Gerona. Al final del capítulo dedicaremos unas líneas al gravísimo expolio que ha padecido esta catedral, aunque ahora podamos volver sobre nuestros pasos para atender a algunos de los elementos más antiguos del templo. Eso hará que, por un momento, asumamos un estricto orden cronológico, lo que nos llevará en primer lugar no a las construcciones que quedan de época románica, sino al origen geológico de la peculiar piedra numulítica, generalmente llamada, por simplificar, piedra de Gerona.
PIEDRA DE GERONA
Las piedras pintan las ciudades. Si Ávila es gris granito y Salamanca posee el color anaranjado de la arenisca de Villamayor, Gerona ofrece el tono perlado que le da la piedra caliza con la que están construidos sus edificios antiguos. Como toda caliza compacta, la de Gerona cobra cierto brillo al ser pulimentada, lo que aumenta las posibilidades de contraste entre las zonas más elaboradas (columnas, portadas…) y las que por su condición más económica y utilitaria se dejaron rugosas.
La mayor singularidad de la piedra de Gerona está, empero, en la claridad con la que muestra su origen orgánico. Nos hemos acostumbrado a ver la piedra como sinónimo de lo inmóvil y lo inanimado, cuando lo que ocurre es que posee ciclos tan largos que escapan inevitablemente a nuestros ojos. Del mismo modo que no advertimos el movimiento de la Tierra cuando, a una velocidad sin embargo vertiginosa, da vueltas sobre sí misma, permanecemos ajenos a la perpetua transformación de la piedra, operada a unos ritmos tan dilatados que nuestras vidas para ella son apenas frac-ciones de un instante. Si el proceso de formación y erosión de los minerales demuestra un movimiento apreciable aunque lentísimo, la aparente contradicción entre piedra y vida queda en entredicho para quien se detiene a observar ese material.
Cualquiera que haya labrado piedras calizas sabrá que los bloques hoy inertes están cuajados muchas veces de pequeños organismos fósiles, de ramas y conchas que quedaron petrificados hace millones de años, de modo que trabajar un bloque viene a ser