Catedrales
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CATEDRALES
Según lo anterior, aún es más sorprendente constatar que durante la época de mayor auge arquitectónico de Compostela, los siglos XVII y XVIII, nadie sabía qué había sido de la tumba de Santiago. A la luz de esto, cabe pensar que el engalanamiento barroco de la ciudad, que al principio del capítulo hemos comparado con el plumaje brillante de ciertas aves, era en buena parte un disfraz, la cola desplegada y fulgente que hace olvidar la escasa capacidad de vuelo del pavo real que la exhibe. A finales del siglo XIX, como consecuencia de las antedichas excavaciones, se recreó bajo el altar una cripta que sirviese de apoyo a la legendaria existencia de ese elemento en el templo medieval; el revival, descrito por el profesor Taín, se completó creando una urna para los reencontrados restos que imita al altar de plata de Gelmírez, conocido gracias a los dibujos de Vega y Verdugo. Después de eso, el siglo XX trajo nuevas reformas asociadas a la arqueología: en 1944 se eliminó el coro, y a continuación se llevó a cabo una excavación completa del subsuelo del templo. A esas obras se debe el conocimiento de los edificios anteriores a la catedral románica, así como el feo pavimento de baldosas pulidas que sigue desluciendo el interior de la catedral en la actualidad.
El museo catedralicio, cuyo contenido se quiere ahora reordenar, guarda piezas y estancias interesantes; en el suelo de algunas de ellas se mantienen antiguas monteas: dibujos, trazados a punzón, que usaban los arquitectos para mensurar detalles de sus obras y a los que nos volveremos a referir en Sevilla. Después de tantos siglos de donaciones, el tesoro acumulado en la catedral se perdió en gran parte a raíz de la guerra contra los franceses, aunque no fue el único motivo de que desapareciesen muchas de las joyas de época medieval, ya que en el siglo XVII fueron fundidas multitud de piezas medievales para hacer con sus materiales el nuevo altar mayor. La disminu-ción del tesoro catedralicio tuvo un último capítulo en 1906, cuando fue robada la cruz, pariente de las de Oviedo, que en el siglo IX había donado al viejo santuario el rey Alfonso III. En 2004 se hizo una réplica fiel de esa cruz perdida, y poco antes se llevó a cabo en el museo de la catedral otro intento de recuperar elementos valiosos de la historia del templo: la recreación parcial del coro de piedra del maestro Mateo.
En esta obra se hizo uso de algunos de los elementos originales que se han ido co-nociendo y rescatando con los años, pues gran parte de las piezas del coro mateano se recolocaron ya de antiguo en otros lugares (portadas de Platerías y puerta Santa) o sirvieron de relleno en obras posteriores. El resultado de esa reciente reconstrucción, sin duda espectacular, ha sido muy discutido. Las restauraciones previstas o en curso seguirán dando sorpresas: a las obras de conservación del pórtico de la Gloria se aña-dirá pronto la recuperación de las pinturas murales del presbiterio, hoy cubiertas bajo una negruzca costra de hollín.