Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 122 de 766

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CÓRDOBA. CIRUGÍA E HISTORIA

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mente de que atravesase épocas de auge o decadencia. Incluso en los períodos en los que ha sufrido una situación marginal respecto de los grandes centros políticos y artísticos ha dado Córdoba hijos ilustres, como el poeta Luis de Góngora, y ha logrado permanecer de algún modo en el candelero, iluminada por el brillo con el que la revisten sus edificios antiguos y los nombres propios (Séneca, Lucano, Averroes, Abderrahmán III, Alhaquén II, Almanzor, Maimónides…) asociados a sus tiempos de esplendor. Buen ejemplo de este prestigio, inmune a la destrucción y la decadencia, es la ciudad palatina de Medina Azahara, arrasada cuando no habían pasado cien años desde su fundación, pese a lo cual su memoria se ha mantenido en el tiempo hasta que, en fechas relativamente recientes, las excavaciones comenzaron a confirmar lo que durante casi un milenio se creía sólo rumor y leyenda.

La Hispania romana estaba dividida en dos grandes zonas: la Citerior, de la que era capital Tarragona, y la Ulterior, gobernada desde Córdoba. Continuamente salen a la luz restos monumentales de esa urbe de la Bética, que no han conseguido borrar tantos siglos de destrucciones y reconstrucciones; a algunas de ellas habremos de aludir, por las razones que se verán, al final del capítulo. De lo que no hay apenas noticia es de la forma que pudo adquirir la ciudad en los tiempos en que, tras el final del Imperio romano, pasó a ser uno de los principales núcleos de la España visigoda.

CÓRDOBA REUTILIZADA

Existe una corriente de la arqueología que defiende, en los últimos años, que los pocos edificios visigodos que quedan en España (San Pedro de la Nave, Quintanilla de las Viñas, San Juan de Baños, Santa María de Melque, Santa Lucía de Alcuéscar…) no pertenecen a ese período, correspondiente a los siglos VI y VII, sino a otros posteriores. Una de las razones que se alegan para dudar de la existencia de una arquitectura hispanovisigoda es la carencia de estructuras de esa época en ciudades que fueron entonces importantes, como Sevilla, Córdoba o Toledo. Pero los hallazgos recientes en la vega de esta última parecen aportar, para ese supuesto problema, una solución obvia y, por su sentido práctico, seguramente generalizada: la invasión visigoda no se produjo, salvo excepciones, de forma especialmente destructiva, por lo que en dichas urbes los nuevos gobernantes dedicaron buena parte de sus fuerzas a cambiar de uso las construcciones romanas, que entonces se encontraban intactas. Sólo cuando los edificios antiguos no sirviesen a la función requerida se harían en las ciudades grandes obras de nueva planta, como el xenodochium (hospital de peregrinos) de Mérida.