Catedrales
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SANTIAGO DE COMPOSTELA. FIN DEL VIAJE
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cleo habitado, aunque parece que quedó abandonado, aparte de la presencia en sus cercanías de algún centro de culto cristiano, durante la Alta Edad Media. Entre los escasos restos de su pasado romano se mantuvieron las trazas de un cementerio, donde permanecería en pie un mausoleo de piedra que sería el germen para el futuro descubrimiento del cuerpo apostólico.
Como territorio excéntrico, la península Ibérica ha tenido siempre que encontrar motivos —al menos, hasta que la apertura de rutas comerciales con el continente americano cambiase el mapa del mundo— para integrarse en las redes de caminos que tejen la urdimbre europea. Galicia poseía en la Antigüedad los atractivos referidos, pero en los inicios de la Edad Media quedó convertida en una zona expuesta a los ataques por mar y alejada de los centros de actividad, que sólo a partir del culto apostólico pudo empezar a recuperarse. Para el establecimiento de una nueva vía de peregrinación hasta los confines del continente se reaprovecharon las viejas estructuras viales romanas, los caminos que llevaban desde Cesaraugusta (Zaragoza) hasta las minas auríferas del noroeste y que se prolongaban hasta el finis terrae. Es interesante comparar el fenómeno jacobeo, iniciado a partir del siglo IX, y el ligado a un santuario de Hércules que existió en la antigüedad junto a Cádiz, en la actual isla de Sanc-ti Petri. Para llegar hasta el templo del Hércules Gaditanus, que atraía a multitud de peregrinos, era preciso recorrer toda la vía Hercúlea, que transcurría por la costa mediterránea peninsular.
En ambos casos, uno cristiano y el otro pagano, santuarios situados en el extremo occidental de Europa sirvieron para atraer viajeros y para consolidar y desarrollar las poblaciones situadas en las rutas que llevaban hasta ellos.
Los reyes asturianos que instauraron el culto a Santiago establecieron un complemento pacífico
a las campañas guerreras contra Al-Andalus: mientras ellos se encargaban de reconquistar territorios, los peregrinos conectaban como un flujo sanguíneo, con sus viajes de ida y vuelta, la franja cristiana que progresivamente iba, de norte a sur, haciéndose más ancha. Aunque es una expresión poco agraciada, la realidad es que el santuario compostelano funcionó, al igual que siglos antes el de Cádiz, como un verdadero «polo de desarrollo», que atrajo a las multitudes El pedrón de Iria Flavia.