Catedrales
pdf 1374863
JACA. LA PRIMERA PIEDRA DE ARAGÓN
249
muchas personas fuera de su ámbito académico, la escasez de documentos originales que facilitasen sus investigaciones, sobre todo aquellas que tratasen los más de quinientos años que van desde el final del Imperio romano hasta el año 1000. Por supuesto, el apelativo era tan sugerente que enseguida llegó a denominar el milenio entero que dura el medioevo, el cual pasó así a convertirse en una «edad oscura» no por la falta documental a la que aludían los historiadores, sino de modo literal. La consolidación de esta idea simple y generalizada, que hace que cualquiera emplee hoy el término «medieval» como sinónimo de todo lo negativo, se aprecia muy bien, como ha sido alguna vez destacado, en el cine histórico: en las películas de romanos luce el sol, mientras que en las ambientadas en la Edad Media siempre llueve y está nublado.
Las dudas acerca de qué términos es mejor emplear, de cómo llamar a las cosas, surgen inevitablemente en cuanto nos acercamos a la cultura medieval. Cuando es-tudiamos el arte de la Edad Media nos enfrentamos a un problema de partida, pues estamos situando en un discurso estilístico obras de un tiempo en el que la diferencia de estilos (y muchísimo menos su presunta pureza) no pasaba ni por asomo por la cabeza de sus artífices. Los edificios medievales son, por definición, híbridos, y sólo las restauraciones modernas han logrado que algunos de ellos se conviertan en arquetipos. Por ejemplo, la célebre iglesia de San Martín de Frómista es, en grandísima medida, una recreación de un modelo románico hecha, hace poco más de un siglo, a partir de restos antiguos y eliminando todo lo que estorbaba a su nueva condición de maqueta purista.
San Martín de Frómista.