Catedrales
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CATEDRALES
en las sucesivas cartas que, redactadas por grupos de expertos, llevan el nombre de la ciudad en la que se discutieron sus contenidos y se aprobó su redacción final: la Carta de Atenas en 1931, la de Venecia en 1964, las de París, Ámsterdam, Nairobi y Toledo, la del Restauro de 1972… Es muy interesante comprobar, a través de ellas, la evolución de la idea de patrimonio en el último siglo: superada la comprensión del monumento como una maqueta aislada, ha ido ganando terreno el valor del entorno, de la arquitectura y las artes populares, y de las huellas de la actividad agrícola tradicional, extendiendo la visión patrimonial hasta llegar a los «paisajes culturales» que hoy día se estudian y reivindican.
Sin embargo, la vocación sancionadora de estas cartas, que han tenido gran influencia sobre las respectivas leyes de protección del patrimonio, se pone en entredicho ante los errores y contradicciones que contienen (la de Atenas, por ejemplo, recomendaba el uso de materiales modernos que luego han resultado perjudiciales) y, sobre todo, por el hecho incuestionable de que en la restauración de arquitectura no pueden aplicarse recetas, sino atender en cada caso a problemas específicos. Entre el oleaje, a veces arbitrario o confuso, de leyes y normas, y centrándonos en la intervención sobre edificios concretos, hay algunas ideas generales que permanecen siempre a flote: es preferible conservar que reconstruir; hay que distinguir de algún modo lo antiguo de lo añadido; y es recomendable además que los añadidos, puestos únicamente si son necesarios, sean reversibles. Con estos principios en la mente, el restaurador sólo necesitará tener una buena base técnica y hacer uso del respeto y el sentido común para llegar, con mucha probabilidad, a resultados satisfactorios. Hasta ahora hemos evitado aludir a los famosos «criterios» de restauración, ya que esa palabra se suele emplear, erróneamente, para definir la opinión, la escuela e incluso la adscripción ideológica del restaurador, cuando lo cierto es que el criterio no conlleva opiniones, sino que es un sistema neutro basado en el análisis y el conocimiento. Una vez culminado el proceso regido por el uso del criterio —«CRITERIO. Norma para conocer la verdad. / Juicio o discernimiento» ( DRAE)— surgirán las decisiones, y no antes. En suma, puede decirse que, si hablamos con precisión, «criterio» y «sentido común» resultan prácticamente sinónimos.
Todo esto viene a cuento porque la mezquita de Córdoba atesora algunas de las más antiguas y menos conocidas restauraciones hechas con ese modélico (y, también hay que decirlo, poco frecuente) sentido común. El punto más bello y eminente del edificio, el tramo con cúpula que precede al mihrab, todo recubierto de mosaicos, fue cedido en el siglo XIV al Adelantado Mayor de Andalucía como capilla privada, puesta bajo la advocación de San Pedro.También recibió un nombre peculiar, capilla del