Catedrales
pdf 1430313
626
CATEDRALES
Como era de esperar, el am-
biente de competición (unas veces
sana y otras no tanto) entre los
artistas del Renacimiento se dio
también en Sevilla. Los pintores
pugnaban entonces por exhibir sus
cualidades imponiéndose retos que
se sabían difíciles: mientras Hernán
Ruiz afrontaba por primera vez una
cúpula elíptica, el italiano Mateo
Pérez de Alesio se encaramaba a
un andamio para pintar al fresco un
san Cristóbal de ocho metros de al-
Detalle del Descendimiento.
tura, o el pintor Luis de Vargas apro-
vechaba una escena no muy común
(la genealogía que conduce desde Adán hasta la Virgen), ya representada en Florencia por Vasari, para hacer notar su pericia en la representación de la anatomía. Cruzando de lado a lado el primer término de su pintura, colocada en el altar de la Concepción, la figura desnuda de Adán se muestra como un indisimulado modelo anatómi-co, tanto que un admirador italiano bautizó el cuadro como La gamba (la pierna) por la llamativa musculatura de uno de sus miembros inferiores. El retorcimiento manierista, que llevaba a crear composiciones y escorzos forzados para dar cuenta de las habilidades del artista, recuerda un poco a la exposición actual de anclajes y artefactos en la arquitectura de la autodenominada «alta tecnología» o high tech: en ambos casos se trata de exhibir, con entusiasta ingenuidad, métodos y recursos técnicos que no tendrían por qué quedar a la vista y que acaban robando protagonismo al objeto mismo. Ante la obra de Vargas, pocos espectadores atienden al meritorio conjunto, pues están más preocupados por fijarse en la pierna, la famosa gamba.
Las pinturas lucen en la catedral de Sevilla más que en otros templos, en parte por la sencillez recatada (a pesar del tamaño) de su arquitectura y en parte porque Sevilla pertenece al grupo de ciudades que han tenido un papel primordial en la historia universal del arte pictórico. La consciencia de su valor llevó a veces a confeccionar retablos sencillísimos, sin columnas ni mazonería, formados por simples listones que enmarcan las tablas o los lienzos sin acaparar el más mínimo protagonismo: así son, por ejemplo, el de Hernando de Esturmio en la capilla de los Evangelistas o el de un seguidor de Alejo Fernández en la de la Magdalena. De fechas posteriores, no po-