Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 36 de 766

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Catedrales

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ÁVILA. TEMPLO Y FORTALEZA

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pero en el que, gracias a la separación física entre el altar y el coro, se permite la participación en el culto solemne (aunque sea sólo a guisa de espectadores) de los fieles.

Para conseguir esa hispanización de una catedral que había nacido francesa se llevaron a cabo diversas obras a lo largo de un período bastante dilatado: se trasladó el coro hasta el centro de la nave mayor, se compuso para el presbiterio un gran retablo y se alargó la nave mayor. Esto último se hizo demoliendo la vieja tribuna que ocupaba el tramo de los pies —con lo que además se proveyó a la catedral de un nuevo acceso interior hacia el claustro, donde en la actualidad está instalada la taquilla en la que se recibe (y se cobra) a los visitantes— y trasladando la portada principal a un lateral. En efecto, la portada de los Apóstoles que hoy vemos en la calle lateral, fechable hacia el año 1300, estuvo al principio a los pies del templo, bajo un profundo pórtico flanqueado por las torres. El autor del traslado, que tuvo lugar hacia 1460, fue el gran arquitecto y quizá escultor Juan Guas, al que nombraremos en repetidas ocasiones a lo largo del libro. Como la portada no cabía bien en su nuevo emplazamiento, se encogió por los lados y se redujo a un solo vano, subiendo a lo alto la figura del Salvador, que estuvo antes en el desaparecido parteluz: nótese que, aunque fuera por necesidad, esta puede ser la única ocasión en la que una estatua de Cristo hizo efectivo el episodio de la Ascensión, aunque no fuese a los cielos sino, más mo-destamente, hasta una crestería vecina.

La aportación más radical, y la más suntuosa, fue la reforma del coro y el altar mayor, que pasaron de compartir el espacio de la antigua cabecera a quedar separados por el tramo del crucero. Por esos mismos años, las esbeltas naves del templo debían de presentar en esa zona ciertos desplomes, por lo que se construyeron unos arcos muy rebajados para impedir que la deformación aumentase. Ese tipo de arcos —llamados en ocasiones «soarcos» o, más gráficamente, «arcos del miedo», que también posee la catedral de Tuy y que volveremos a encontrar en la de Vitoria— están colocados en Ávila en puntos muy significativos, pues aparte de su indudable papel estructural vienen a subrayar visualmente el carácter unitario del conjunto litúrgico, formado por el altar mayor y el coro, que se llevaba a cabo en esas mismas fechas.

Uno de ellos (reconstruido tiempo después y subrayado además por un gran Crucificado) pasa por encima de la fachada del trascoro, otros dos flanquean el crucero por los lados; en un grabado de Parcerisa se ve que estos últimos arcos se utilizaban también para colgar tapices, como engalanados tabiques virtuales que dibuja-ban con precisión el perímetro de ese núcleo catedralicio dedicado a la liturgia solemne y que, en un plano más práctico, contribuirían a paliar el frío de los capitulares en las largas horas de asistencia al coro. Los tapices fueron vendidos hacia 1915,