Catedrales
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TOLEDO. UNA ISLA DE PIEDRA
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tancias independientes (capillas, sacristías, salas capitulares…) que enriquecían el conjunto sin modificarlo. La idea de transformar en profundidad los templos no se empezó a imponer hasta más tarde, desde mediados del siglo XVII hasta finales del XVIII, el tiempo que abarca, estilísticamente hablando, los períodos barroco y neoclásico.
Una vez finalizado el siglo XVI, las construcciones que se ocuparon de ampliar, enriquecer y modificar la catedral de Toledo trazaron un curioso bucle, un recorrido circular que partió de una severidad escurialense, pasó por una explosión barroca sin parangón, hizo un guiño retrospectivo a las formas medievales y, por fin, terminó con una vuelta al clasicismo más depurado. En Castilla, la arquitectura concebida alrededor del 1600 se encontraba absolutamente sumida en la poderosísima estela de la empresa más importante de la época en España e incluso en Europa: el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La obra de Juan de Herrera se extendió por el reino a través de los seguidores directos (Francisco de Mora es el más conocido) o de los émulos que mantenían la sobriedad formal impuesta por Felipe II y sus sucesores a través de la labor promotora de la casa de Austria. Herrera, arquitecto real, no podía faltar entre los maestros que debían configurar la nueva imagen de Toledo como ciudad moderna, que incluso después del traslado de la corte a Madrid estuvo pugnan-do un tiempo por recuperar la capitalidad; así, el autor de El Escorial prosiguió las obras del alcázar real comenzado por Covarrubias e inició la nueva sede del ayuntamiento, que sale airoso al enfrentarse en desigual combate con las fachadas del palacio arzobispal y de la catedral. Esta casa consistorial fue culminada por uno de los arquitectos que trabajaron en Toledo durante el cambio de siglo, Jorge Manuel Theotocópulos, quien también erigió la cúpula que, en la misma plaza, se superpone a la capilla mozárabe levantada por Cisneros. Esta cúpula es, como la que se añadió en Compostela sobre el cimborrio, una construcción desprovista de funcionalidad: su único cometido es acentuar el empaque del templo en la escena urbana y equilibrar la presencia, al otro lado de la fachada, de la altísima torre.
Junto a la puerta del Reloj, al otro lado de la catedral, existe un grupo de construcciones que llaman la atención por sus desnudos muros de granito y sus cubiertas de pizarra; se ha dicho que son, por su forma y sus materiales, como un pedazo escurialense adosado a la catedral medieval. Allí se conformaron nuevas dependencias bajo la dirección de dos arquitectos-escultores, Nicolás de Vergara, el Joven, y Juan Bautista Monegro.Vergara es el autor de los atriles de bronce del coro, y Monegro labró en el monasterio de El Escorial las gigantescas efigies de reyes bíblicos de la fachada de la iglesia y los evangelistas del templete del claustro. En Toledo, es obra suya la imagen de santa Leocadia de la puerta del Cambrón, de exquisitez y elegancia in-