Catedrales
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ÁVILA. TEMPLO Y FORTALEZA
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caro, al alcance únicamente (salvo raras excepciones) del clero catedralicio y de la nobleza, aparte por supuesto de los reyes, que costeaban buena parte de la construcción; también había la posibilidad de agenciarse una sepultura, aunque exenta de elementos que la monumentalizasen, a través de la figura del donado, que dejaba a la Iglesia como heredera de sus bienes a cambio de un solar postrero para sus restos. El presbiterio estaba reservado a las tumbas de los obispos, y el resto de enterramientos eran más o menos costosos dependiendo de la cercanía que tuvieran respecto del altar mayor o el coro. Los más pudientes podían afrontar la erección de capillas privadas, aunque ese fenómeno lo veremos, llevado a su extremo, cuando lleguemos a Burgos.
Hasta la reforma de la que estamos hablando, algunos de los sepulcros se situaban en medio de las naves, como aún lo están el de los santos Vicente, Sabina y Criste-ta en la vecina basílica de San Vicente o el del infante don Juan en el convento de Santo Tomás; este último, por cierto, se pretendió también remover en repetidas ocasiones. Lo que no se logró con el infante se hizo con los cenotafios catedralicios, que lucen hoy arrimados a los muros, adaptados con más o menos tino a su nueva ubicación, pero que en tiempos se encontraban muchas veces exentos, esparcidos por el interior de la catedral. El espacio que hoy conserva mejor un carácter funerario es la capilla de San Ildefonso, contigua a la puerta del claustro.Allí está el bellísimo yacente de alabastro del caballero don Pedro de Valderrábano, acompañado por su escudero, no sabemos si meditabundo o adormilado, y con un carnero (la tapa que oculta los restos que alguna vez fueron carne) de pizarra, en el que figura el extraño combate entre una mujer salvaje y un mono; enfrente, adosado a un pilar, el deán Alonso González de Valderrábano yace, por voluntad propia, junto a su barragana, una recompensa eterna para la mujer que logró hacer más llevaderos los días (y las noches) de este eclesiástico.
Por su concepción y situación física, el sepulcro más señalado de la catedral es el ya nombrado del Tostado, obra del escultor Vasco de la Zarza. Está presidido por una representación excepcional del obispo en una inspirada actitud de escribir. La efigie del prelado está flanqueada por cuatro paneles con los evangelistas ante sus respectivos libros; así, el obispo erudito viene a revestirse con el papel de un quinto evangelista. Bajo la estatua de Alonso de Madrigal está colocada la antigua lauda de bronce, descubierta por Manuel Gómez-Moreno. Otros elementos merecen la pena destacarse de este conjunto: por doquier aparecen en él figuras de hombres a caballo, y los santos que acompañan a Alonso de Madrigal y los evangelistas (san Martín, Santiago, san Jorge, san Huberto) son todos jinetes, lo que parece un reflejo esculpido del apo-