Catedrales
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CATEDRALES
El cabildo catedralicio se ocupó de que fuese en esta plaza de Regla, bajo su patrocinio, donde se celebrasen los mercados y donde culminasen las fiestas que más público concitaban: el Corpus (festejado en León, como en tantos otros lugares, desde el siglo XIV) y la Asunción, que, como en la actualidad, tenía lugar a mediados de agosto. En la primera predominaba el carácter religioso, aunque las procesiones iban acompañadas de figuras y personajes, como los gigantones o la tarasca, de confuso origen pagano, basado seguramente en la alegría acorde con la llegada de las estaciones benignas. En cuanto a la Asunción, el ceremonial leonés estaba fundado supuestamente en el tributo de las cien doncellas —que, como la batalla de Clavijo o la derrota de Almanzor en Calatañazor, es un episodio legendario surgido en los primeros tiempos de la Reconquista—, y suponía la celebración de misas en el interior del templo, salves ante la Virgen Blanca que preside la portada principal y festejos civiles de todo tipo: corridas de toros, justas a caballo, representaciones teatrales, fuegos de artificio… todo ello escenificado con el telón de fondo de la fachada catedralicia, ante la cual se montaban las tribunas y tinglados de madera necesarios para cada caso.
En este mundo de fiestas periódicas, estudiado por M.ª Isabel Viforcos, los gastos corrían muchas veces a cargo de la catedral, que tenía interés en mantener la preeminencia urbana (y la valoración, incluso de tipo inmobiliario, que esto comportaba) de su ámbito inmediato. Se debían de dar allí escenas que hoy nos producirían estupefacción, como la ofrenda del cuarto de toro: terminadas las corridas, un carro engalanado tirado por dos bueyes atravesaba el claustro para, ante la puerta norte del templo, ofrecer a la Virgen un pedazo de una de las reses sacrificadas en la fiesta.Tam-