Catedrales
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VITORIA. LAS COLEGIATAS DEL NORTE
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tander no ha sido explicada. Lo más probable es que fuese un trofeo de guerra, traído hasta aquí por alguno de los marineros cántabros que participaron en las campañas de Andalucía; pero su llegada a la costa cantábrica parece casi tan insólita, pasados tantos siglos, como la de la macabra canastilla sobre la cual arribaron flotando a la bahía de Santander, en tiempos legendarios, las cabezas cortadas de Emeterio y Celedonio, los dos legionarios calagurritanos convertidos al cristianismo que prestaron su nombre a la advocación de la futura catedral.
BILBAO
De los edificios reseñados en este capítulo, el último en acogerse a la categoría catedralicia, en fechas tan cercanas como 1955, es la iglesia de Santiago en Bilbao. La misma advocación de Santiago sorprenderá a muchos, pues, haciendo un chiste fácil pero inevitable, la «catedral» bilbaína que tiene más posibilidades de ser conocida por propios y foráneos es otra muy distinta, dedicada a San Mamés.Al contrario que Vitoria y Santander, cuya anterior función colegial facilitaba en principio su conversión en sedes episcopales, la de Bilbao fue creada como una simple parroquia de barrio, aunque es verdad que no de cualquier barrio sino de aquel que, bautizado con el descriptivo nombre de Las Siete Calles, coincide con los límites de la aldea ribereña que recibió el título de villa, con los privilegios consiguientes, por Diego López de Haro en el año 1300. La prosperidad adquirida por Bilbao en la Baja Edad Media y en fechas posteriores desbordaría enseguida los límites de esa superficie entonces amurallada, pero Las Siete Calles permanecerían definidas para siempre como el solar fundacional, donde se erigían las torres y casonas de la nobleza —la más importante de ellas, la torre de Zurbarán, fue demolida en 1878— y donde se levantaban las parroquias de mayor antigüedad: San Antón, erigida en un extremo, ocupando el lugar del viejo castillo señorial y junto al puente sobre el Nervión que dotó de emblema heráldico a la villa, y Santiago, construida justo en el centro del barrio amurallado, en el mismo solar que antes había ocupado la humildísima iglesia de la vieja aldea de pes-cadores.
Lo curioso de la iglesia bilbaína de Santiago es que, al contrario que otras parroquias convertidas modernamente en catedrales a raíz del aumento de población y feligreses, parecería haberse concebido y haber crecido en su momento, entre los siglos XIV y XVI, como si se conjeturase que alguna vez iba a ser convertida en catedral; una previsión visionaria que la dotó ya de antiguo con elementos infrecuentes o di-