Catedrales
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CATEDRALES
a cavar los que habrían de ser los cimientos de ese primer puente, daba además inicio a uno de los hechos más singulares de nuestro medioevo: la fundación de una futura ciudad no por un rey o un noble, sino por un humilde ermitaño. Domingo García quizá no era consciente de lo que se ponía en marcha mientras iba organi-zando, alrededor del lugar de su retiro, un auténtico complejo de asistencia al peregrino. Al camino en el bosque —prolongado con una calzada, tendida desde Nájera a Redecilla del Camino, que acabaría por servirle de apodo— y al puente sucedieron un albergue y una ermita, donde sería enterrado al morir, ya nonagenario. Para entonces Domingo era reconocido como santo, y sus artes de constructor habían sido solicitadas (junto con las de su discípulo Juan de Ortega, actual patrón de los aparejadores) por Alfonso VI para levantar el puente de Logroño, al que debió esa ciudad, junto a la redacción de un fuero modélico, su inmediato auge. Por cierto que Juan también eligió después un bosque peligroso, el de los montes de Oca, para fundar un monasterio que asistiera a los caminantes, acechados en ese enclave por los bandidos.
La cabecera del monasterio-hospedería de San Juan de Ortega, así como un puentecillo que se le atribuye en Agés, dan fe todavía en la actualidad de las habilidades constructivas de estos hombres.
Tampoco escapó a la atención de la Iglesia la fama creciente de Domingo García y lo estratégico del lugar donde vino a asentarse, por lo que pronto se desataron disputas por su posesión entre las poderosas diócesis de Burgos y Calahorra. En el Cabecera de San Juan de Ortega.