Catedrales
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SANTIAGO DE COMPOSTELA. FIN DEL VIAJE
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Fachada del Obradoiro.
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CATEDRALES
munión, obra de Domingo Lois, un arquitecto formado en Roma al que ya nos referimos en Granada), pero en la Azabachería dejó un conjunto desastrado, un mal broche para la historia arquitectónica del templo compostelano. El académico Ventura Rodríguez puso el punto final a esta desdichada fachada, mientras que la honra de Ferro Caaveiro quedaba salvada gracias a la cercana iglesia de San Fructuoso, donde demostró ser digno discípulo del creador de la fachada del Obradoiro.
Aunque ya estuviera activa la censura académica, el Barroco compostelano pudo todavía despedirse con dos obras señeras, separadas del cuerpo catedralicio pero pertenecientes a su órbita funcional: la casa del Deán y la del Cabildo, ambas de Clemente Fernández Sarela, que en tiempos de Casas y Novoa había sido aparejador del templo. La casa del Cabildo lleva al extremo la naturaleza escenográfica del Barroco: con poquísimos metros de fondo, es casi una fachada sin edificio, una piel granítica adherida a las medianerías con las que daba inicio la rúa del Villar, destinada sobre todo a completar el escenario arquitectónico en que se había convertido la plaza de las Platerías.
Por su parte, la plaza del Obradoiro encontró su remate definitivo con la iniciativa de otro prelado, Bartolomé Rajoy y Losada, ligado a Carlos III y consciente, como otros prelados de la Ilustración, de la función social y asistencial a la que debía atender la Iglesia. Frente a la catedral mandó levantar el palacio que lleva su nombre, trazado por el francés Carlos Lemaur para alojar el ayuntamiento (hasta entonces, el concejo había tenido su sede en la Quintana y, luego, en la actual plaza de Cervantes), un seminario de confesores y una casa para los niños del coro.Aunque estas afir-maciones son siempre subjetivas, se puede sostener que el palacio de Rajoy forma, junto al Museo del Prado de Madrid y la Lonja de Barcelona, la trilogía de la mejor arquitectura civil que dejó el neoclasicismo en España.
Con las adiciones barrocas, la catedral de Santiago encontró una nueva manera de presentarse en su entorno inmediato (el sin par conjunto de plazas que la rodean) y de significarse en el perfil de la ciudad, formando una estampa que logra su mayor intensidad desde los miradores del paseo de la Herradura. Cuando se levantó el templo románico, sus dimensiones eran superiores a las de cualquier otro edificio cristiano peninsular. Con la pujanza posterior de la ciudad que había crecido a su socaire, la catedral fue quedando relegada a un papel menos lucido del que tuvo al principio, con su masa puesta en entredicho por la construcción de nuevos y cada vez mayores palacios, fundaciones (hospital, universidad) y conjuntos monásticos. La erección de las torres que flanquean el claustro, el recrecido del cimborrio y de la torre del Reloj y, por fin, la enorme elevación y suntuosidad del Obradoiro tuvieron