Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 691 de 766

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VALENCIA. LA CONTENCIÓN Y EL GESTO

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sibles contingencias, era custodiada en la cámara sin ventanas situada al oeste del templo, mientras que la estancia oriental, la cella propiamente dicha, guardaba la efigie de Atenea…, cuyos valiosos materiales, adheridos a una estructura de madera, formaban parte del mismo patrimonio, y como tales estaban inventariados.Ante una necesidad, se des-montaban placas de oro o de marfil de la escultura, y sólo si llegaban mejores tiempos se reponían, lo que, dicho sea de paso, reflejaba de forma bien visible el nivel de mantenimiento de los bienes: el grado de revestimiento de la estatua venía a ser un precedente hermosísimo de los áridos gráficos y balanzas de déficit actuales. Pero la decadencia se impuso, y cuando hacia el siglo V la obra de Fidias fue trasladada, según se dice, a Cons-tantinopla, ya sólo debía de ser una maravillosa y despojada mole de madera.

La misma función tenían los ajuares atesorados por religiosos y nobles en los siglos posteriores. Era frecuente que los reyes empeñasen sus áureas coronas para obtener dinero, y también es fácil suponer el destino del desaparecido Júpiter de plata que Benvenuto Cellini realizó para el rey de Francia, Francisco I, un monarca envuelto en constantes guerras; de hecho, los valiosos metales con que estaban hechas han provocado que no se conserve casi ninguna pieza de orfebrería del florentino.

Del mismo modo que reyes y nobles, las iglesias invertían parte de su patrimonio en objetos preciosos para, en caso de necesidad, acudir a ellos o para presentarlos como garantía en los préstamos que a veces era preciso solicitar para costear las propias obras de construcción de los templos.

Pero, mientras esa necesidad llegara, se podía disfrutar de su belleza, y prevalecían entonces los valores artísticos y religiosos sobre los puramente materiales. Es importante subrayar que los bienes aristocráticos estaban siempre fuera del alcance de los hombres comunes, lo que no ocurría con los pertenecientes a las iglesias. Ninguna persona llana o humilde podía soñar con acceder a los salones y jardines de los palacios, pero a todas horas tenía a mano los interiores magníficos de los templos y nadie le impedía pasear por sus claustros. Además, ¿cómo puede uno aprovecharse de una joya, aparte de deshaciéndose ventajosamente de ella, si no es mediante su contemplación? Los metales y las piedras no se comen; para el poseedor de un objeto de oro, de plata o de otros materiales preciosos, y fuera de lo que pueda obtener por su venta, no cabe mayor provecho que admirarla, y eso es algo que los fieles podían hacer cuando miraban los altares y las imágenes sagradas.

Podemos lamentarnos por ello, pero la fundición del retablo de plata de Valencia para costear la resistencia contra Napoleón, un hecho repetido en multitud de iglesias españolas, está dentro de una tradición inaugurada, como mínimo, nada menos que en la antigua Grecia, cuando los enemigos no eran los franceses sino los persas.