Catedrales
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VITORIA. LAS COLEGIATAS DEL NORTE
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Fachada principal, antes y después
de su reconstrucción neogótica.
Tiendas adosadas a la cabecera.
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CATEDRALES
Sin dejar el exterior del edificio, podremos ver la fachada principal, la única que se abre a una plaza. Es una obra neogótica del último tercio del siglo XIX, construida por Severino Achúcarro para sustituir la clasicista que había antes. Este penúltimo capítulo en la historia del templo bilbaíno (el último es la reciente y, en general, cuidadosa restauración), que empezó siendo un proyecto de simple restitución del campanario y acabó afectando a todo el frente occidental del templo, subraya su parentesco con otros templos catedralicios que, por esas mismas fechas, vieron construidas o rehechas sus fachadas con intenciones puristas, como sucede en las neogóticas de las catedrales de Palma, Barcelona o Cuenca. Lo malo del purismo es que siempre se impone mediante destrucciones, que incluso pueden dar al traste con los elementos antiguos a los que se pretende rendir tributo: en Bilbao, la fachada neogótica se llevó por delante el interesantísimo ventanal gótico que iluminaba la nave mayor desde los pies.
Un último aspecto encantador de la actual catedral de Bilbao es que todavía conserva algo que en casi todas partes se ha perdido: las tiendecitas que antaño era costumbre que se adosaran a los templos, cobijándose en los rincones formados por capillas y contrafuertes como los peces rémora se pegan, para beneficiarse de su protección, al vientre de los grandes cetáceos. Son comercios muy variados (una joyería, un estanco, una heladería…), que muestran todavía la antigua imbricación, que también significa aceptación, entre la arquitectura monumental y su entorno urbano. Ante esos testimonios de grato prosaísmo, en los que el templo se conjuga de forma natural con el trasiego diario y la actividad mercantil, podremos recordar alguna grave estrofa de un largo y apasionado poema que Miguel de Unamuno, nacido en Bilbao, dedicó a la entonces todavía iglesia parroquial de Santiago: «Por eso vengo a ti, santa basílica, / que al corazón gigante de mi pueblo / diste para aplacarle de tus naves / la calma gótica».
BIBLIOGRAFÍA
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