Catedrales
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CATEDRALES
tradiciones asentadas alrededor de la peregrinación jacobea, un corpus ritual que apenas escondía su cariz práctico. Teniendo en cuenta que los peregrinos constituían la mayor parte de los fieles que asistían a la catedral compostelana, la principal preocupación del clero catedralicio era, junto al mantenimiento del orden, lo que concernía a la higiene. A Santiago llegaban diariamente cientos de personas desa-seadas y vestidas con andrajos, un aspecto que había que enmendar antes de que accediesen al templo para rendir culto al sepulcro del apóstol. El ritual de los peregrinos jacobeos en su llegada a la ciudad se parecía a la ablución (simbólica, pero también higiénica) que precede a la entrada de los musulmanes en una mezquita, aunque con un programa de lavado más exhaustivo: primero se aseaban los dolori-dos pies en el río que pasa por Labacolla, el último pueblo antes de entrar en Santiago; luego procedían a una limpieza completa en la enorme pila de granito que había ante la fachada de la Azabachería, un pilón que recuerda las frecuentes imágenes de baños colectivos que nos ha dejado la Edad Media y que hoy se conserva en el centro del claustro catedralicio.
Los peregrinos recibían ropa limpia, y a cambio entregaban los sucios hábitos que les habían acompañado a lo largo del viaje. En una curiosa rememoración de los viejos sacrificios paganos, conjuntando la renovación simbólica que conllevaba la culminación del trayecto y la eliminación de focos epidémicos, los harapos eran quemados lejos de donde su consunción por el fuego provocase mal olor, sobre la cubierta pétrea de la catedral, en un recinto que todavía se mantiene al pie de la cruz de los Farrapos. La quema de harapos ( farrapos) dotaría a la catedral de una columna de humo permanente, una torre gaseosa que contribuiría, más que ninguna otra, a señalar con su altura la situación del templo desde la lejanía.
Pese al aseo y la renovación de su vestuario, las masas aglutinadas en el interior de la catedral debían de producir un ambiente cargado, que se combatía perfumán-dolo con incienso. El enor-
me incensario, llamado bota-
fumeiro, que se acciona en la
actualidad, con sogas y po-
leas que logran que vuele
pendularmente de un lado a
otro del transepto, es del si-
glo XIX, pero tiene prece-
dentes desde los tiempos
Fuente de abluciones.
medievales. Una última tra-