Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 236 de 766

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CATEDRALES

sión a un aserradero mecánico (el primero del que hay noticia) accionado por la corriente que a un pájaro autómata que simula beber gracias a un ingenio oculto, o a la figura de ángel que en Chartres giraba lentamente indicando, con su brazo extendido, el curso del sol.

Por desgracia, el manuscrito de Villard de Honnecourt es el único de su especie que ha llegado, y sólo parcialmente, hasta nosotros. Por eso mismo y por los escasos dibujos sueltos (en especial, las trazas arquitectónicas de los siglos XIV y XV) y las propias obras construidas que conocemos de otros arquitectos medievales, no puede considerarse lo de Villard como la rara creación, casual y milagrosamente conservada, de un genio solitario a la manera de Leonardo: lo más probable es que este tipo de cuadernos, en los que se recogían soluciones constructivas, dibujos y apuntes, y que acaso sirviesen también para la transmisión profesional de conocimientos, fuese frecuente entre los arquitectos y artistas de la época.

En el cuaderno de Villard vemos la importancia de anotar ejemplos concretos, que pudieran servir en un momento dado para su aplicación en una obra distinta.Algunos dibujos similares a los suyos debieron de acompañar al primer arquitecto de la catedral de León, que quizá fuese el mismo Enrique y que le sirvieron para plasmar en ella una versión reducida, a menor escala y con la nave más corta, de la gran catedral de Reims. Por eso creemos posible que el período en el que la maestría de las dos catedrales, Burgos y León, estuvo en manos de un solo hombre debió de suponer un flujo de influencias entre ambas, y más en concreto una inspiración de la ligera y por ello más evolucionada arquitectura de la de León hacia la de Burgos, comenzada varias décadas antes. No conocemos la trayectoria anterior (la que, presumiblemente, desarrolló en tierras francesas) del maestro Enrique, pero cabe colegir que debió de sentirse profesionalmente estimulado ante el reto técnico que supone una estructura tan llevada al límite como la catedral leonesa; y, en caso de que se demuestre algún día que fue su autor, cabría ver su obra en ese templo como la culminación de su trayectoria de arquitecto indudablemente experto dentro de la ligereza estructural a la que aspiraba el gótico. En España hay pocas obras góticas en las que el vano desplace en un grado tan alto al muro: dos son del siglo XIII (la propia catedral de León y la cabecera del monasterio femenino de Cañas) y dos del XIV (el claustro de la catedral de Pamplona y el cimborrio de la de Valencia).

Hace no muchos años, Henrik Karge descubrió la profunda transformación que afectó a la cabecera de la catedral de Burgos medio siglo después de ser erigida. La solución primitiva, parecida a la de la homónima ciudad de Bourges, debió de parecer entonces insuficiente o inadecuada, y se derribaron las capillas de la girola para