Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 318 de 766

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Catedrales

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OVIEDO. TRAS LOS MONTES

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Naturalmente, fue imposible recuperar las pinturas murales, pero lo cierto es que los restauradores supieron mantener el aspecto de autenticidad de esa construcción; de nuevo como en Sigüenza, intervino en el feliz resultado un hábil escultor, que aquí fue Víctor Hevia. Por fin, a finales de los años cincuenta se completó el desventra-miento del entorno de la catedral demoliendo una manzana de casas antiguas en la Corrada del Obispo, con lo cual ni la fachada catedralicia ni los edificios episcopales lograron llegar a nuestros días en su ambiente urbano original.

UN «ROBO SACRÍLEGO»

En 1976 llegaron a Oviedo dos norteamericanos, Henry y Dorothy Kraus, que estudiaban las sillerías góticas españolas y que se encontraron en Oviedo con que los restos de la formidable sillería del coro, desmontada por Martínez Vigil y parcialmente quemada en la revolución de 1934, yacían abandonados y deshechos por la humedad y la carcoma en los trasteros existentes en el claustro alto. El proceso está narrado con apasionada precisión en el libro escrito por ambos, donde por cierto no ahorran críticas hacia el prelado responsable de la destrucción del coro. La labor de estos dos investigadores, en colaboración con artesanos locales y con el apoyo del cabildo catedralicio y la financiación de diversos organismos, logró que los fragmentos subsistentes del coro gótico puedan ser contemplados en la actualidad en la sala capitular y el museo diocesano. Curiosamente, los Kraus no hacen mención en su libro de un hecho trascendental que tuvo lugar poco después de su llegada a Oviedo, cuando estaban embarcados en la búsqueda de patrocinadores para la restauración de la sillería: el robo de las joyas de la Cámara Santa.

Es uno de los episodios más relatados de nuestra historia reciente y, pese a ello, sigue pareciendo increíble, quizá por la desproporción entre lo chapucero e improvisado del acto y su gigantesca gravedad. La noche del 9 al 10 de agosto de 1977 entró en la catedral un ladrón de poca monta. Arropado por la ausencia de medidas de seguridad, estuvo un rato dedicado a su objetivo, que era vaciar la menguada recaudación de los cepillos de las capillas y de la caja que se hubiese hecho con la venta de libros y souvenirs. No buscaba los tesoros de la Cámara Santa, pues debía de ignorar su existencia: se topó con ellos. Apenas debió de detenerse ante el brillo de los objetos milenarios, envueltos en oro y cuajados de piedras preciosas, cuya relevancia histórica pasaría desapercibida para ese zopenco que halló en la catedral una versión asturiana de la cueva de Alí Babá.