Catedrales
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CATEDRALES
La nave mayor, con el trascoro en primer término.
SEGOVIA. EL AVE FÉNIX
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zó a hacer de las policromías y dorados que encubrían la madera, abogándose en cambio por los materiales «nobles» expuestos en su color natural. El retablo de Sabatini, que se acomoda muy bien a la colosal exedra ciega del altar, representa también el nuevo papel (de mecenazgo, pero también de control artístico) que la monarquía absoluta empezó entonces a tener sobre la arquitectura religiosa.
MÚSICA EN LAS CALLES
Las catedrales suelen ser la máxima expresión física del esplendor de una ciudad antigua, un reflejo de sus aspiraciones de permanencia y significación. A la inversa, cuando la ciudad entra en crisis, la catedral constituye a veces el ancla que salva en el naufragio, la última razón para no abandonar el lugar donde se ha nacido o al que se ha llegado poniendo en él una esperanza de prosperidad.
Se ha dicho de Burgos que en los años de decadencia de la ciudad, cuando ya había perdido el papel preponderante que en el ámbito europeo le había dado, como a Segovia, el comercio de la lana, la razón más poderosa para que se mantuviese como núcleo urbano habitado era la existencia en su centro de la catedral, testimonio y recuerdo del esplendor perdido. Algo parecido podría colegirse de Segovia: quienes la visitaron durante el siglo XIX insisten en que sólo sus monumentos —el alcázar, la catedral, el acueducto, las numerosas iglesias y los palacios— permitían eva-dirse de la impresión general de decrepitud y pobreza, en medio de la cual los segovianos parecían arrastrarse en una conformidad desesperanzada. El municipio llegó a encargar que pequeñas bandas de música tocasen por las calles, con el objetivo, seguramente incumplido, de sobreponerse a los sonidos procedentes del generalizado crujir de tripas.
Con la segunda mitad del siglo XIX llegaron los intentos de modernización, a veces mal entendidos, como el derribo de varias de las puertas de muralla o la desdichada reforma de la plaza Mayor, que perdió entonces sus casas más antiguas y pintorescas; en este último espacio tuvo también lugar la simbólica erección del teatro Juan Bravo, un claro competidor civil de los fastos y entretenimientos que durante siglos fueron exclusivos de la Iglesia.También se debe a esta época el esgrafiado de la mayor parte de las fachadas de Segovia, un intento municipal de «adecentar» los antiguos muros, considerados entonces indignos, de entramado de madera.
En los comienzos del siglo XX, Segovia fue reivindicada por multitud de artistas e intelectuales sensibles a su belleza. Ignacio Zuloaga pintó en ella lienzos memora-