Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 197 de 766

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Catedrales

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CATEDRALES

interpretados como un resabio heráldico medieval: baste pensar en templos burgaleses coetáneos ligados a la nobleza (las colegiatas de Roa y Peñaranda de Duero, el monasterio de La Vid) para recordar en ellas la imagen omnipresente de los escudos de sus promotores, así como en la honda relación de la heráldica renacentista con otras disciplinas entonces emergentes, como la emblemática. Con esas referencias y el precedente inmediato de la capilla real, ¿cómo iban a dejar de señalar las armas del emperador una portada concebida para ser el principal acceso hacia la rotonda en la que, según los primeros planes, habría de ser enterrado?

El otro aspecto de la portada, esta vez a nivel de detalle, es la superficie rayada que presentan las esculturas. Esta textura se logra con la gradina, una herramienta que es como un cincel, pero con el filo dividido en pequeños dientes.Teresa Gómez Espinosa ha encontrado idéntico tratamiento en las figuras de madera policromada del retablo de San Jerónimo, pero efectuado allí por el método del estofado (líneas en las que se levanta la capa de pintura para descubrir bajo ella el pan de oro). El objetivo en ambos casos sería lograr una superficie vibrante, un traslado a la escultura de los recursos con los que se acentúan los volúmenes en las tramas de sombras de un dibujo a pluma o de un aguafuerte. Salvo una curiosa perspectiva escenográfica que se le atribuye, no hemos conservado ningún dibujo original de Siloé (¡otra vez, el desdén español en contraste con el cuidado con el que se conservaban los dibujos de maestros italianos!), pero estas superficies escultóricas, junto a los cartones de Siloé, latentes en las vidrieras que para la capilla mayor realizó Juan del Campo, traen a nuestra mente lo que pudo ser el talento del burgalés en un arte que, no lo olvidemos, se suponía entonces como la base fundamental para todos los demás. Sin dibujo no podía haber habilidad ni frutos valiosos en pintura, escultura o arquitectura, que de hecho eran llamadas «artes del diseño».

La intervención directa de Diego en la escultura de la catedral subraya el carácter personal del magno proyecto arquitectónico. No obstante, el edificio tuvo bastante suerte con los escultores que después lo sustituyeron, dentro de que la catedral de Granada no es un edificio muy pródigo en esculturas. Entre los del siglo XVI merece subrayarse la presencia de Diego de Pesquera, autor de la portada de acceso a la torre, en la cual hay dos virtudes que son bellísimas efigies de mujer, basadas seguramente en dibujos siloescos, y que revelan la relación de Pesquera con los motivos paganos. No en balde, es de los pocos escultores españoles que dedicaron buena parte de su tiempo a la creación, en la provechosa etapa que trabajó en Sevilla, de dioses como Mercurio o Neptuno para la ciudad y los jardines reales o de Hércules y Julio César para la famosa Alameda, encaramados estos últimos sobre dos columnas romanas traídas del hispalense templo de Marte.