Catedrales
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CATEDRALES
corridos por la fuerza de la gravedad, fuesen chorros de agua expelidos hacia el cielo por la presión de una fuente colosal.
Esa impresión cobra especial poder de sugestión en la catedral de Placencia, pues la ausencia de capiteles hace que los baquetones de los pilares fluyan hacia la curvatura de las bóvedas, convertidos en nervios, sin interrupción visual alguna, pasando de la línea recta a la curva como lo haría un surtidor en el momento que pierde el empuje ascensional. Se da así uno de los mayores contrastes entre la arquitectura clásica y la gótica, pues en la primera los elementos nunca ocultan su condición de objetos pesantes, y en su conjunto componen una imagen fiel de la transmisión de las cargas aplicada a la estabilidad de los edificios.Ante este contraste, está clara la intención del grupo de geniales arquitectos renacentistas que trabajaron en Plasencia, pues no sólo optaron por las formas góticas en un tiempo en el que se imponía el Renacimiento, sino que se propusieron llevarlas al extremo, explorando, más de tres siglos después de que nacieran en Francia, lo que pudiera quedar por descubrir en ellas en el intento de subvertir lo pesado, convirtiéndolo en aparentemente volátil.
CÓNCLAVE DE MAESTROS
Al igual que había ocurrido con Rodrigo Alemán, la vinculación de Juan de Álava con Plasencia fue más allá de su maestría en la catedral, pues también restauró el puente llamado de Trujillo, dirigió reformas urbanas y dio dibujos para las casas consistoriales. En 1537, poco antes de morir, Álava se sobrepuso a las limitaciones que le imponían la enfermedad y la vejez para asistir a una reunión con el cabildo placentino, tanto era el amor que sentía por su gran obra. A su muerte se hizo cargo de ella, de forma muy pasajera, uno de los pocos amigos que tenía en el oficio, el toledano Alonso de Covarrubias. Poco debió de hacer Covarrubias allí, pero su paso por la catedral de Plasencia es un hito más dentro de la impresionante nómina de arquitectos que están vinculados con el templo. Después de los ya referidos Egas, Colonia, Álava y Covarrubias, participaron de un modo u otro en la concreción del edificio (es decir, en lo que se llegó a hacer de él) Diego de Siloé y Rodrigo Gil de Hontañón, dos de los mejores artistas de su tiempo. Siloé (protagonista del capítulo de Granada) visitó las obras y realizó bocetos para la portada sur, que arrastra entre los especialistas una incomprensible mala prensa. Es una portada maravillosa y monumental, con aciertos originalísimos como el rehundido de la puerta o los óculos ciegos del arquitrabe. Sólo le hace merma que el vano superior fuese cegado, quizá más tarde de lo que cabría su-