Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 568 de 766

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Catedrales

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SEVILLA. DE CASTILLA A ULTRAMAR

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De nuevo, se cumplía con él «la maldición de las cúpulas», que llevó a Riaño a dejar sin levantar la de la sacristía y a Gainza a morir antes de hacer la correspondiente a la capilla Real: la de la sala capitular, inconclusa a su muerte, hubo de ser rematada por Asensio de Maeda. Las tres décadas que ejerció su maestría le bastaron para intervenir en las catedrales de Córdoba y Sevilla, construir iglesias magníficas en esta última ciudad y en su área diocesana, numerosos palacios en la capital cordobesa y un puente, el de Benamejí, que figura entre las realizaciones más audaces de la ingeniería renacentista.

MUSEO DE LAS ARTES

Muchas veces se ha destacado el papel del arte público como detonante para la vocación de nuevos artistas. Antes de que existiesen museos, las esculturas instaladas en las portadas de las iglesias y las pinturas de sus capillas servían, aparte de su cometido religioso, como escuela y acicate de los jóvenes que desearan formarse en los oficios artísticos. El caso más celebrado es el de Florencia, donde el joven Miguel Ángel podía estar un rato observando las puertas que Lorenzo Ghiberti hizo para el baptisterio de la catedral y acercarse luego a tomar apuntes de las figuras pintadas por Ma-saccio en el convento del Carmen. En Sevilla, los nobles edificaron palacios suntuosos, donde llegaron a poseer colecciones extraordinarias de arte antiguo, como aún puede apreciarse en la casa de Pilatos, pero estos eran ámbitos infranqueables para la mayoría. Con las estatuas y pinturas palaciegas vedadas al disfrute general, las iglesias ofrecían sin reparo, a quien quisiera verlas, las innumerables obras artísticas que jalonaban sus altares y capillas. La escuela sevillana de pintura y escultura, que tuvo su etapa culminante en el siglo XVII, estuvo en parte originada por la irradiación y el potencial didáctico de las obras de arte que el riquísimo cabildo hispalense había ido reuniendo en su catedral.

De forma equivalente al papel de Lorenzo Mercadante en la escultura, para la pintura el pionero fue Alejo Fernández. Pese a su apellido hispanizado, era de origen alemán, y llegó a Sevilla procedente de Córdoba.Tras él trabajaron en la ciudad otros pintores formados en la escuela italiana, como el holandés Hernando de Esturmio o el bruselés Pedro de Campaña, autor, en 1547, del magistral Descendimiento que hoy se exhibe en la sacristía mayor, con sus figuras azotadas por el viento y una María, de ojos desorbitados, que muestra el instante de tensión insoportable que precede al desvanecimiento.