Catedrales
pdf 1379348
338
CATEDRALES
de Oviedo, la vecindad de la Cámara Santa hacía aún más apetecible el eterno reposo junto a un lugar tan venerado).También se dio aquí la actividad académica, ya que fue en el claustro catedralicio donde se impartieron clases a clérigos y laicos hasta que, a comienzos del siglo XVII, se instituyó la universidad dentro de un nuevo edificio levantado en el extremo opuesto de la ciudad.
La riqueza escultórica del claustro es extraordinaria, con sus capiteles y ménsulas repletos de multitud de motivos labrados, muchas veces, con mano maestra. Como en el de Pamplona, la profusión y la calidad escultórica quedan sin embargo en un segundo plano, imponiéndose la arquitectura (arcos, bóvedas, tracerías caladas…) como protagonista.Al contrario que en los claustros románicos, que con su escasa altura faci-litan la visión de sus grandes capiteles, en los de época gótica los relieves suelen quedar lejos de un espectador que, por muy notables que sean, apenas repara en ellos. Dentro de ese mundo de representaciones variopintas, hay dos ménsulas del muro occidental que queremos destacar: en una de ellas, un hombre con el aspecto desmañado de los salvajes que abundan en la heráldica sostiene en sus manos un gigantesco pez; en la otra, un rey a caballo alancea a un león. Quizá se trate del mismo Alfonso XI, cuya maravillosa efigie monumental,
de piedra policromada, estaba
también en el claustro y hoy se
guarda en el museo diocesano.
En nuestros tiempos, aparte
de que sea una actividad que
nos inspire más o menos simpa-
tía, la caza no sirve nada más
que para pasar el rato, ejercitar la
puntería y, sobre todo, para cul-
tivar relaciones sociales y alar-
dear de dinero. Quien muestra
un trofeo de caza revela ante sus
visitantes su solvencia económi-
ca, que acaso le ha llevado a pa-
gar varias decenas de miles de
euros por la pieza cobrada: la
cornamenta o la cabeza diseca-
da tiene entonces un papel se-
Ménsula del claustro.
mejante al de las joyas o el