Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 319 de 766

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CATEDRALES

La noticia de la desaparición

del tesoro ocupó todos los perió-

dicos y noticieros, hasta que la

Guardia Civil dio el alto a un indi-

viduo en la frontera entre Orense

y Portugal (aún había frontera),

que en su huida soltó un saco. Allí

estaban, desguazadas, las cruces de

los Ángeles y de la Victoria y la

caja de las ágatas, unas obras únicas

en el mundo reducidas a su incal-

culable pero, por comparación, mi-

sérrimo valor como simples joyas,

futuro pasto de crisoles que fun-

dieran el oro y de quien engarzase

las piedras preciosas en nuevos e

Cruz de los Ángeles.

insustanciales objetos. El proceso

posterior también es muy conoci-

do: un orfebre ovetense, Pedro Álvarez, dedicó años a la restauración de las piezas, a las que se le fueron añadiendo elementos originales que la policía iba localizando. El resultado, documentadísimo y admirable en todo caso, fue desigual: mientras la caja de las ágatas luce hoy en su integridad, siguen sin encontrarse partes celebérrimas, como el maravilloso camafeo romano que adornaba la cruz de los Ángeles, que, si no se ha volatilizado, quizá obre en la secreta colección de algún encanallado millonario.

Se ha escrito mucho sobre este hecho abominable, pero hay algo que no deja de causarnos cierta extrañeza. El acto fue definido como un «robo sacrílego». ¿Por qué?

¿Porque lo robado eran cruces y un cofre de reliquias? ¿No sería entonces más sacrí-lega la venta de cruces y de cálices que hizo el mismo clero catedralicio en el siglo XV, o el «crucifijo grande» que fue enajenado en 1530 por los mismos eclesiásticos porque

«no hay lugar donde sirva en esta santa iglesia»? Cualquier juicio ponderado sobre el robo de la Cámara Santa no puede por menos que concluir que su infinita gravedad no se debe al carácter sacro de las piezas, sino al hecho de que son únicas e irreemplazables. Es decir, son sagradas no por representar la cruz, sino porque son cruces con nombre propio; son, nada menos, las cruces de los Ángeles y de la Victoria, encargadas por los reyes de la extinta monarquía asturiana, convertidas en símbolo de Oviedo y de la región y conservadas en la catedral de Asturias desde el lejano siglo IX.