Catedrales
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CATEDRALES
En la capilla de Anaya hay,
además, una excepcional colec-
ción de enterramientos. El que
suele llevarse la palma por su mo-
numentalidad y valor artístico es
el de Diego de Anaya, exento y
tapizado por una reja soberbia. Sin
embargo, los visitantes que van sin
prisa suelen dedicar más tiempo a
otro sepulcro situado en un rin-
cón, el de Gutierre de Monroy y
Constanza de Anaya; su contem-
plación era más fácil hace años,
cuando había ante el sepulcro un
escabel de madera. Como el del
Doncel de Sigüenza, esta pieza
magistral es de autor desconoci-
do. Es una obra de una sensibili-
dad extrema, en la que los bellos
esposos conservan, pese a su defi-
nitiva dormición y el atavío de
circunstancia, un aire de serena
intimidad marital. Labradas en la
Órgano de la capilla de Anaya; a los pies,
dúctil piedra local, las maravillosas
el sepulcro de Gutierre de Monroy y Constanza de Anaya.
efigies de Gutierre de Monroy y
Constanza de Anaya pueden des-
pertar la vocación de un escultor y conmover a un poeta. José Hierro dedicó a este sepulcro uno de sus poemas más largos, Estatuas yacentes: «Cuando oyó pisar a la muerte
/ el roble oscuro de su cámara, / sabe Dios a qué artista anónimo / encargaría su sepulcro. / Soñaba perdurar en piedra, / al lado de doña Constanza [...]».
LOS REVESTIMIENTOS
La piedra con la que están construidas las catedrales y en la que se tallaron sus esculturas y ornamentos no estaba siempre a la vista. En el sepulcro de Gutierre de