Catedrales
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CATEDRALES
político: Fadrique de Portugal.
Este prelado, de cuya mansión se-
guntina quedan restos, completó
la reforma del entorno del templo
tras la demolición de una parte de
la muralla que lo envolvía por oc-
cidente; allí dispuso, ante la facha-
da principal de la catedral, una
amplia plaza enlosada y flanquea-
da por columnas, llamada patio de
los Perdones. Esa nueva plaza o
atrio se cerró por un costado con
un bello pabellón renacentista
que cobijaba la Contaduría y un
aula de Gramática, y adquirió el
máximo empaque gracias a la ter-
minación de la torre norte del
templo, hasta entonces inacabada.
En cuanto al interior de la
catedral, a él se debe el que acaso
sea su mayor ornato y, tras el se-
pulcro del Doncel, su pieza más
La portada del Jaspe.
celebrada: el altar de Santa Libra-
da. En este altar se da, quizá como
en ninguna otra obra de su tiem-
po, la conjunción de las tres artes —pintura, escultura y arquitectura—, diluyéndose con habilidad los límites que podría haber entre ellas; la piedra de las columnas y las estatuas está policromada y en los fondos de las preciosas tablas de Juan de Pereda aparecen representados edificios tan idealizados como los personajes que los anteceden. Incluso las lindes entre cristianismo y antigüedad clásica se nublan al observar que tras la santa titular figuran escenas paganas, representaciones de dioses fluviales y de hazañas hercúleas. Dispuesto junto al sepulcro del propio obispo, unidas ambas piezas por el rincón del crucero norte, el conjunto formado por el altar de Santa Librada y la tumba de don Fadrique parece un inmenso libro abierto, una doble página que ilustra uno de los mejores pasajes del grueso volumen de las artes en el Renacimiento español.