Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 420 de 766

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Catedrales

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SALAMANCA. VIDAS PARALELAS

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Lo paradójico es que para disfrutar de la mejor panorámica sobre la ciudad amurallada e institucional era preciso, como hoy, cruzar hasta «la otra orilla», donde se sucedían en primer plano, sobreponiéndose a la circunspecta silueta de los edificios monumentales de la margen derecha, los malolientes talleres de los curtidores, el lazareto donde eran atendidos los leprosos y la arrabalera mancebía. Pasada la Semana Santa, los salmantinos cruzaban el río en busca de las prostitutas trasterradas. El rescate servía de excusa para una fiesta en la que se comía el hornazo, festín literal y metafóri-co de la carne que, por vía gástrica o venérea, no había podido tomarse a lo largo del tiempo del sacrificio.

REPOBLACIÓN

A raíz de la repoblación —promovida aquí, como en las otras ciudades antes citadas, por Raimundo de Borgoña, yerno de Alfonso VI—, la medina de la Salamanca recién conquistada a los musulmanes, de la que no nos ha llegado ningún resto, se empezó a poblar de parroquias y fundaciones monásticas románicas, muchas de las cuales aún se conservan. Una crónica contemporánea habla de la Salamanca islámica diciendo que estaba despoblada y arruinada, aunque, como veremos más adelante, puede des-confiarse de esa visión, probablemente interesada.

Compondría una estampa curiosa esa ciudad musulmana recién cristianizada

—que cabe imaginar con calles estrechas, flanqueadas por casas con pisos en voladizo, con sus exiguas ventanas protegidas por ajimeces y celosías— al ir creciendo en ella con rapidez, sobre el solar de las mezquitas de barrio, nuevos templos románicos construidos con piedra de sillería. Las iglesias, situadas en el centro de extensas e irregulares plazas o corrales, conformaron los nuevos barrios, una disposición urbana que en algunos casos es apreciable todavía hoy. Con sus torres y espadañas ocupando el lugar de los alminares, las voces para llamar a la oración de los almuédanos fueron entonces apagadas por la irrupción del tañido de las campanas cristianas.

Interesa pensar en ello pues, por lo que sabemos, desde que el obispo Jerónimo Visque (que venía de Valencia como amigo y confesor de el Cid) refundó la diócesis de Salamanca en 1102 hasta que se comenzó la construcción de la catedral románica pasó algo menos de medio siglo. Jerónimo, que llegaba de una urbe islámica como era la Valencia del siglo XI, pasajeramente cristianizada por el caballero de Vivar, no encontraría gran dificultad en acomodar su cátedra dentro de la mezquita mayor de la ciudad del Tormes, una situación que aquí se prolongó hasta que, mediado el si-