Catedrales
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CATEDRALES
años después de su consagración (como tendremos ocasión de comprobar, los períodos de medio siglo son recurrentes en la catedral leonesa) se practicaban en la zona inmediata, pero extramuros, las zanjas para comenzar la construcción de una cabecera gótica cuya arquitectura rivalizara con las de las sedes que por entonces se erigían en Burgos y Toledo, y que, un siglo más tarde de que los canónigos se secularizasen, sirviera para situar el coro en un lugar más monumental y luminoso que el centro de la nave románica.
LAS VIDRIERAS
La catedral de León lleva hasta sus últimas consecuencias la desaparición del muro a la que aspiraba el gótico clásico. La arquitectura se convierte aquí en un exoesquele-to horadado, un ligero armazón donde se encastran los paneles de vidrio coloreado, que convierten así el límite entre el exterior y el interior en un tabique traslúcido y cambiante según sea la intensidad y la dirección de la luz solar. Incluso sirve para que, iluminada por dentro, la catedral se convierta de noche, vista desde la calle, en un gigantesco cofre esmaltado.
El templo leonés conserva una de las mayores colecciones de vidrieras medievales del mundo, sólo superada por la de la imbatible catedral de Chartres.Aunque hay testimonios de vidrieras anteriores en España, los autores de las de León serían franceses, como lo fueron los del propio templo. El material se obtenía soplando burbujas cilíndricas de vidrio, llamadas «manchones», que luego se cortaban y extendían sobre un plano. Las piezas resultantes eran inevitablemente pequeñas, por lo que necesitaban encajarse en una red de emplomado, reforzada a su vez mediante una cuadrícula de barras de hierro. Algunos colores, conseguidos mediante diversos óxidos, tenían sus peculiaridades: el rojo tendía a ser demasiado opaco, y por ello había que hacer los cristales de ese color más finos y complementarlos después con vidrio incoloro para que encajasen en el emplomado. Los maestros vidrieros preparaban sus bocetos o cartones, acordes con el hueco que debían cubrir, sobre mesas enyesadas, como la que se conserva en el Museo de Gerona. Los cartones podían ser dibujados por pintores. Nicolás Francés, un artista galo afincado en León del que enseguida hablaremos, hizo dibujos que los artesanos traducían luego a vidrio.
Nicolás Francés trabajaba ya en el siglo XV, una centuria en la que todavía no se habían acabado de confeccionar las vidrieras catedralicias. Las piezas originales que hoy podemos admirar datan, por lo tanto, de los siglos XIII al XV, y aún hay algunas