Catedrales
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CATEDRALES
Hipótesis de alzados de la catedral románica, con la tribuna regia.
PAMPLONA. VIDA EN COMUNIDAD
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pies y abierta hacia la nave mayor por la cara interna de la fachada principal.A esa tribuna (similar a la que existió en Ávila, pero más antigua) se accedía por dos escaleras de caracol cuyas puertas a nivel de suelo se abrían, respectivamente, a la calle y a las naves. Desde ese balcón interior asistirían los reyes en ocasiones a los oficios solemnes, y su conservación —aconsejada por su muy especial uso y, probablemente, también por el valor simbólico que éste le imprimía— debió de ser la razón por la que la obra de la nueva catedral gótica no supuso la demolición de la vieja fachada, sino que la incorporó e, incluso, se adaptó a sus proporciones. No cabe, por tanto, entender la desaparecida fachada románica de Pamplona como un telón pétreo, un simple plano con aberturas para la iluminación y el acceso, sino como un cuerpo arquitectónico que comprendía todo un tramo de la catedral, en el que se incluía la fachada, las torres y, entre ellas y mirando hacia las naves, la tribuna regia.
En Olite también había una tribuna real en la iglesia de Santa María, colindante con el castillo-palacio, para que los monarcas asistiesen a misa, tribuna que fue deshecha en el siglo XVIII. En cuanto a la cabecera románica de la catedral de Pamplona, que también sobrevivió al inopinado desplome de 1390, fue demolida cuando, ya construida la nave gótica, dejó de servir como altar provisional para el tiempo que durasen las obras de reconstrucción.
CARLOS III, EL REY MARAVILLADO
Merece la pena detenerse un momento en la figura de Carlos III, el monarca que hizo suya la tarea de reconstruir a la manera gótica la catedral de Pamplona. Fue apodado «el Noble», cosa meritoria teniendo en cuenta que su padre, Carlos II, recibía el sobrenombre de «el Malo». El denigrante apodo se lo pusieron a este último los nobles navarros, debido a la contundencia con que el rey los aplacó tras una revuelta. De todas formas, no debe verse en este caso un paralelismo con Pedro I de Castilla, que arrastra injustamente el sobrenombre de «el Cruel» desde que se lo endilgaron sus rivales de la casa Trastámara y los nobles castellanos, que veían menguar sus privilegios durante su reinado; porque Carlos II de Navarra fue realmente un monarca cuyos talentos naturales, crecidos según parece, quedaron al final sepultados bajo el manto de intrigas, traiciones, falsedades y compromisos rotos que a lo largo de su trayectoria fue tejiéndose a su alrededor. Es verdad que no debe de ser fácil tener como peor enemigo a tu propio suegro, pero eso no justifica los actos de un rey que, tras una vida en la que ni siquiera falta una novelesca fuga de prisión, murió solo y aquejado de le-