Catedrales
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ZARAGOZA. EXALTACIÓN DEL TERRITORIO
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maestra, la capilla de la Virgen. La fachada de la seo se dispuso para sustituir la antigua portada medieval, que por los restos conservados y por lo que se ve en el ya descrito muro de la Parroquieta debía de ser una maravilla, de ladrillo y cuajada de cerámica esmaltada. La policromía de la portada desaparecida estaba representada en la que vino a sustituirla mediante el contraste de materiales (piedra, ladrillo, yeso), que eran quizá su aspecto más interesante. A causa de la llegada inopinada de Fernando VII a la ciudad, se la quiso adecentar con una mano de pintura, que es como hoy la conocemos.
Es imposible referirse a la torre y la fachada de la seo sin aludir al entorno urbano al que se abren. La seo, que como hemos visto carece de una presencia exterior al uso, fue concebida para quedar inserta en una tupida red de callejuelas, que se ensan-chaban formando plazas allí donde resultaba oportuno. Hacia esas plazas y plazuelas se volcaban los elementos significativos, que guardaban entre ambos una mutua proporción.Ya habrá adivinado el lector que conozca Zaragoza que ese equilibrio entre monumento y ciudad pertenece al pasado.
Andrea Navaggero, que viajó por España entre 1524 y 1526, describe Zaragoza como «una ciudad bellísima», con «hermosas casas de ladrillo». Con ese esplendor, acrecentado por lo mucho que se edificó después de la estancia de Navaggero, se ve la urbe aragonesa en la célebre vista de Wyngaerde, así como en la posterior de Juan Bautista Mazo y Velázquez.A principios del siglo XIX, la guerra contra Napoleón fue especialmente cruda en Zaragoza, y entonces se destruyeron edificios notabilísimos como el convento de Santa Engracia; pero una cosa son los efectos de la guerra y otra la destrucción sin motivo. Como si quisiera conmemorar el primer centenario de los famosos Sitios repitiendo algunas de sus consecuencias, la Zaragoza de finales del siglo XIX y principios del XX se entregó, sin la tenebrosa excusa que dan los incendios y las bombas, a la práctica aniquilación de su legado histórico. Cayeron entonces la mayor parte de los palacios renacentistas (Valladolid, entusiasmada ante la instalación en la ciudad de una factoría automovilística, hizo lo propio años después) y se demolió la torre Nueva, que además de una construcción singularísima por su función civil, su original forma y su acusada inclinación, era un preclaro símbolo ciudadano; y, lo peor, se arrasó por completo la forma de la ciudad antigua, sin dejar apenas una calle antigua en pie.
La culminación de esta reforma urbana generalizada se encuentra en la explanada que hoy recibe el nombre de «plaza de las Catedrales», una planicie enorme y desolada en la que sólo los diferentes adefesios acumulados en ella, en forma de monumentos o de mobiliario urbano, impiden que pueda ser utilizada como pista de aterrizaje y despegue de aeronaves. Gestada y materializada a lo largo de bastantes