Catedrales
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CATEDRALES
pitación del obispo, que había dado crédito a rumores sin fundamento, y hasta los errores gramaticales del texto acusatorio.
La Regenta, que muchos consideran la mejor novela española tras el Quijote, es un festín literario, un ejemplo luminoso de la riqueza del lenguaje. Pero la obra maestra de Clarín supone también, impremeditadamente, una descripción elegíaca de lo que era una catedral y una ciudad episcopal en los años anteriores a que todo cambiase. Es una visión crítica y objetiva, cruda por lo que tiene de real, en la que tras los rezos del coro «los canónigos dejaban cumplido por aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo». Envuelta ya en un ambiente decadente, propio de un ciclo que se acaba, la catedral de La Regenta es todavía la institución que rige en la ciudad, y su arquitectura y los religiosos que la habitan son aún los mismos que había en los tiempos de esplendor.
Por esas curiosas coincidencias que a veces suceden, Leopoldo Alas falleció en Oviedo sólo cinco días antes, en junio de 1901, de la fecha en la que Ramón Martínez Vigil empezaba a hacer realidad un viejo sueño: la modificación completa e irreversible de la catedral a cuenta de destruir el coro. Los argumentos en los que se basaba el obispo, fuertemente contestados por el propio cabildo, se basaban en diversas falacias. Martínez Vigil decía querer devolver a la catedral su aspecto primitivo, tomando como modelo los espacios expeditos de las catedrales francesas; pero el prelado no podía ignorar que el coro se hizo a la par que el propio edificio catedralicio, y que el aspecto vacío de los templos galos no se debía a su plan original, sino a las sucesivas destrucciones y expolios que habían sufrido. En 1845, Richard Ford destacó el patrimonio catedralicio español, que definía como no inferior al de ningún otro país de Europa, con la ventaja de que aquí las catedrales «siguen en su estado original y completo […]. No hubo aquí Reforma, como en Inglaterra, ni Revolución, como en Francia, que las privase de sus adornos ni las dedicase a bajos propósitos».
En España, el expolio de las catedrales corrió por cuenta de la propia Iglesia.
Para Cavanilles, la destructora reforma de Martínez Vigil supuso la causa principal de una ruptura entre catedral y ciudad que no tuvo vuelta atrás y que va más allá del desastre artístico para convertirse en razón para un divorcio social y hasta sentimental.
Los ovetenses apenas reconocerían su catedral (y menos aún la reconocerían tras la modificación del entorno del templo) después de que la sillería fuese desmontada y repartida entre la sala capitular y la capilla de Santa Bárbara, que el altar del trascoro, donde se celebraban los oficios ordinarios, se llevase al crucero, que los púlpitos y rejas se arrancasen de su lugar y que los órganos barrocos se desguazasen para convertir sus muebles en retablos de una iglesia provincial.