Catedrales
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CATEDRALES
a través de los impuestos cobrados por las parroquias agrupadas a su vez en arcipres-tazgos, suponía la principal fuente de ingresos para los cabildos catedralicios.
¿A qué se debe, entonces, la antigua existencia de estas «catedrales sin tierra» que son las colegiatas? Las razones pueden ser variadas. Su constitución, promovida muchas veces por los poderes seculares, la monarquía o la nobleza, dependía de Roma, y cuando ya estaban en funcionamiento permanecían ajenas al control directo del obispado en cuya jurisdicción se encontrasen situadas, al contrario de lo que les pasaba a las iglesias parroquiales. A veces, se concedía el título de colegiata a un lugar donde hubiese habido una vieja catedral que no se podía recuperar como tal (por ejemplo, la de Valpuesta); en esas ocasiones, el rango colegial tenía un cariz honorífi-co. En otras, la importancia adquirida por una villa reclamaba —ya que no podía im-provisarse, por sus implicaciones territoriales, una diócesis de un día para otro— la erección de una colegiata que le diese relieve en el entonces importante plano eclesiástico. Una vez logrado para su templo mayor el rango colegial, ciertas villas pujaban para que ascendiera hasta ser considerada catedral. Esto, si se lograba, podía ir acompañado de polémica, como cuando se creó, a finales del siglo XVI, la diócesis de Valladolid en perjuicio de la de Palencia, que perdió a costa de la nueva sede una buena porción de su territorio.
En algunos de los ejemplos más significativos, aquellos que han dejado sobresalientes huellas artísticas, las colegiatas eran fundaciones auspiciadas por las familias nobles más poderosas, que promovían su construcción y sostenían su financiación para hacerse con una especie de templo familiar, un lugar que demostrase la culminación de su poder y donde instalar su panteón; una fundación religiosa que sirviese a la consolidación de la estirpe que la patrocinaba, erigida por lo general en el solar que diese nombre a sus principales títulos. Muchas de estas colegiatas se corresponden con el auge nobiliario que tuvo lugar en la transición de la Edad Media a la Moderna, y por ello recogen las formas del Renacimiento. Hay casos impresionantes: la colegiata de Osuna, un conjunto monumental al servicio del ducado de ese nombre; la de Peñaranda de Duero, asociada al palacio que se erige frente a ella; o las de Medinaceli y Berlanga de Duero. Estas dos últimas, situadas en dos villas medievales de la actual provincia de Soria, supusieron el derribo de las diferentes parroquias románicas para unificar el culto en un único y magno templo, donde a su vez figuraban los escudos y los enterramientos de la casa noble que había organizado en su favor la «reconversión» eclesiástica del lugar.
El mantenimiento de las colegiatas, sobre todo las ligadas a la nobleza, exigía una estructura social que habría de desaparecer con el Antiguo Régimen. Desprovistas de